viernes, julio 19, 2024
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Matanza Los Horcones: resistencia al olvido.

Por:  Carlos Méndez

El plan se ejecutó con cálculo civil-moteado.

Ese día cerca de las 9:30 de la mañana, por los tejados de las casas en la polvorienta Juticalpa, el viento suave barría las tejas de las casas semejantes a las que alcanzaron a retener alguna vez, en sus pupilas y versos, Alfonso Guillén Zelaya, Froilán Turcios y la bella e inmortal Clementina Suarez.  

El comando militar que incorporó en el asalto a civiles armados del tenebroso DIN, se apostó en los alrededores del Centro de Capacitación Santa Clara a 8 cuadras del parque central, listos para matar a cualquier “guerrillero”. Esa fue la narrativa y consigna del operativo a cargo del mayor Enrique Chinchilla y el sargento Benjamín Plata.

Vos, la cipota de Sta. María del Real, estuviste allí desde la noche del veinticuatro, en medio de aquel montón de gente humilde, haciendo mil cosas  para que ellos y ellas,  se sintieran bien  en los predios del centro de capacitación, porque al día siguiente saldrían, como estaba previsto, en  una caminata  de “la Marcha de la Desesperanza”  hacia Tegucigalpa y confluir allí con 50 mil labriegos de todas partes del país, en el Congreso Nacional; para exigir distribución equitativa de la tierra y  una nueva  ley de Reforma Agraria. (Para informarse mejor, vean en YouTube, el documental Y HOY LOS RECORDAMOS, producido con genial maestría por Camilo y René Puck)

A las 9:30 de la mañana, del 25 de junio 1975, los asesinos desquiciados, siguieron con frialdad el plan de algunos miembros de la Asociación de Ganaderos de Olancho, con cerebros torcidos, y con la complicidad de gorilas enchapados de alto rango de la dictadura golpista, con Juan Alberto Melgar, la homicida voz de mando en las Fuerzas Armadas de aquel año oscuro para el movimiento cristiano hondureño.

La muerte entró por el portón principal del edificio, vomitando odio; odio repulsivo. El estruendo de las balas conmovió al vecindario del barrio Belén que ya presentía desde 24 horas atrás, la magnitud de la tragedia. En el acto, mataron a cinco campesinos y capturaron a 16 personas, en cuenta al mártir Fray Casimiro Cypher que en esa fecha triste andaba de visita. La mayoría de capturados eran trabajadores en Escuelas Radiofónicas Suyapa y la Fundación Hondureña para el Desarrollo (FUNHDESA). El terror se apoderó de todas las almas que pudieron quedar en pie.

En la estridencia de los proyectiles genocidas, vos sentiste que te arrancaban las entrañas esa mañana.  Ataviada con un vestido color dulce espera, al calor del tableteo de las armas, soltaste, confundida un grito mezcla de miedo, rabia, valentía, dolor e incertidumbre. Estabas fuera del edificio ocupada en las tareas de la movilización. Sin pensarlo dos veces quisiste entrar presintiendo erróneamente, que tu compañero de vida, el “moy” de siempre, hubiese caído mortalmente por las balas, pero algunas mujeres de tu querido pueblo Sta. María del Real, te agarraron con determinación por la cintura y los brazos para que no te movieras por tu propia seguridad. Tenías apenas 21 años y un embarazo de 6 meses de tu primera ternura de vida, lo que tampoco importó para que fueses capturada por las bestias endiabladas. David Artica Tablada, cabeza de plomo era jefe del presidio.

 ¿Por la tarde, cayendo la noche fuiste liberada de las bartolinas, a saber, por qué?, no así el resto de tus 15 compañeros.

A las 9 de la noche, de ese día 25, según instrucciones del mayor Chinchilla, listado en mano, sacaron del presidio a 6 personas (incluyendo al querido Fray Casimiro). A todos los metieron en un carro “toldeado”, con rumbo a Lepaguare, a donde los esperaban el resto de asesinos. Al llegar a la hacienda Los Horcones, propiedad de Manuel Zelaya Ordoñez, tanto el sacerdote Iván Betancourt, como Ruth García y M. Elena Bolívar, que fueron secuestrados a las 12 y media, por militares cerca de una gasolinera, en los linderos de Lepaguare, ya habían sufrido inenarrables torturas, violaciones y finalmente asesinados. Los escenarios de terror que sufrieron el Padre Iván y las dos muchachas que le acompañaban, lo mismo que la agonía de los seis que sacaron del presidio para sacrificarlos en aquella hacienda del terror, solo recuerdan la inconmensurable bajeza humana, muy propia de los carniceros de Hitler en los campos de concentración en la Alemania nazi. Los mataron cobardemente. Segaron la existencia de 14 personas maravillosas en la plenitud de sus vidas y entrega amorosa por los más pobres y desvalidos de Olancho y Honduras entera. Sus cadáveres fueron arrojados a un pozo de malacate el que dinamitaron para borrar las huellas del asesinato colectivo.

Los principales autores y ejecutores de aquella barbarie, fueron enjuiciados y encarcelados con justicia “estilo Honduras”, y puestos en la cárcel del Barrio La Hoya, Tegucigalpa con una condena de 20 años, con un gesto grato de doña Ley ya que fueron privilegiados para estar “presos” ubicándolos en  “La Mora”, un sitio que en esa época era como hablar de los aposentos de un hotel de mediana categoría en donde los “presos” placenteramente tenían televisor y las comodidades muy propias de su clase social. Fue una maravilla porque se daban el lujo de dar sus caminatas por la vieja Tegucigalpa, tan solo cuidados por la propia seguridad del Estado y la de pelar bien sus propios ojos asesinos por cualquier infortunio desprevenido.

Eran felices porque podían salir a sus haciendas, a horas determinadas de las tardes noches, con el visto bueno de sus “carceleros”.

Como cierre de esta página de maldad bochornosa, en el libreto ya estaba escrito la salida victoriosa de los que dieron clases de terror, por adelantado, a la Mara Salvatrucha de décadas posteriores ya que los “condenados” salieron libres con un decreto de Amnistía hecho en el gobierno liberal del tristemente célebre Roberto Suazo Córdova, en los primeros meses de 1979.

A 48 años de aquella matanza, mundialmente repudiada, la memoria familiar de los mártires y del movimiento social cristiano, continúa mancillada. No solo por aquella amnistía ignominiosa.  El poder de aquella y esta época apuesta con todo porque esta tragedia quede en el olvido de la memoria histórica nacional, aun cuando hipócrita y cínicamente haya sido decretado por el Congreso Nacional de 2004, el 25 de junio de todos los años, como “día de los Mártires”.  

Hoy, las movilizaciones cívicas populares no tienen la beligerancia y lucidez para recordar a las víctimas. Las misas y procesiones que se celebraban desde hace dos años han sido prohibidas en Olancho y otras partes del país. El proyecto en manos es el olvido.  

La grey católica y cristiana que amó y continúa amando a los mártires de los Horcones se pregunta: ¿por qué? ¿Por qué algunos sectores gritones de la “sociedad civil” y estamentos del “poder popular” como en el Congreso Nacional, este junio 2023, no hicieron actos ceremoniales para honrar la memoria de los caídos de aquella noche de infierno?  ¿Por qué ni una tan sola ofrenda floral ¿Por qué ni una tan sola mención en campos pagados y no pagados por los medios electrónicos?   

¡Te fijás Mariíta!: Como lo decís muy bien desde algún lugar de nuestra galaxia: hay que declararse en resistencia contra el olvido planificado. Vos, que escapaste al horror de esa noche, sabés desde  tus  lágrimas  de aquellas horas horripilantes que su estrategia de borrar de la memoria histórica a los mártires, podría ser   tan impecable como el plan que urdieron los psicópatas y que quitaron innecesariamente del camino al padre Iván Betancourt, Fray Casimiro Zipher, María Elena Bolívar,  Ruth García, Lincoln Coleman,  Máximo Aguilera, Bernardo Rivera,  Juan Benito Montoya, Roque Ramón Andrade, Arnulfo Gómez,  Fausto Cruz,  Alejandro Figueroa, Oscar Ovidio Ortiz y Francisco Colindres.

Bien que lo sabés, Mariíta.

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