Por: Galel Cardenas 

Vivimos la paradoja de la pesadilla y la tragicomedia. El dictador va enredando su ovillo de maldad y su asentamiento cada vez más profundo de reforzamiento del poder omnímodo como una enredadera contumaz de perversión tal como la describe el escritor Julio Escoto.

La psicopatía que sufre su personalidad le incita a reprimir cualquier manifestación de rebeldía contra su régimen de oprobio. Pero él no descansa en la cotidianidad pues dedica cada minuto de su vida a torcer todo aquello que es derecho.

Roba, trafica, miente, destruye, mata, calumnia hasta aliarse con la tenebrosa cúpula militar ligada al crimen organizado, en fin, se obsesiona por erigirse en un dios todo poderoso de Honduras.

Para lograr este propósito se dedicó desde un principio de haber arribado al máximo poder a aliarse con la fuerza bruta armada de la nación, a la Cía, al comando sur, a la empresa privada corrupta, al anticomunismo fascista de los dirigentes políticos de los partidos políticos más desprestigiados como más ambiciosos capaces de vender a la madre que los procrió o asesinar a cualquier vástago o ascendiente familiar.

En realidad, en su mente enfermiza y retorcida del mal diabólico o satánico se compinchó con el aquelarre de la derecha gringa, latinoamericana e israelí. En su vorágine trastornada colombianizó nuestra patria, desbarató la empresa estatal del servicio público en su plan de entreguismo al imperio y las transaccionales sin que le valiera un comino el pueblo ya prácticamente en estado de derrota momentánea.

Como un dios todopoderoso pagó millonarias cantidades de dinero a periodistas desvergonzados traidores a la patria y mercenarios como cualesquiera de los mercaderes del templo de la dignidad. Incentivó el cinismo, la hipocresía, la desvergüenza como cualidades de la tiranía represora, apátrida sin límite y de tal modo llegó al pináculo salvaje de un jefe de estado vinculado al tráfico y comercialización de la droga maldita.

Así creó la esfera perfecta como sistema de gobernanza cruel, inhumano y criminal. Nada está fuera del poder de su mando general.

Así que los monigotes de fin de año que serán quemados el 31 de diciembre a las doce de la noche, hoy perseguidos como si fueran manifestantes vivos y coleando, son capturados por la policía militar en un acto de locura desproporcionada.

Son monigotes que el pueblo produce como símbolo del rechazo profundo del tirano y sus empleados íntimos. Debería haber monigotes con cara además del presidente del Congreso Nacional, de la Corte Suprema, del Fiscal General, del jefe del Estado Mayor, del Cardenal Rodríguez, en fin, de los rostros públicos del crimen organizado hecho gobierno.

La monigotefobia del dictador y su alcalde fascista es aquella conciencia de maldad, crimen y perversión psicópata de los mandatarios infernales que gobiernan la nación.


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