Una Honduras vivida en el destierro

Una Honduras vivida en el destierro

Por: Leonel Alvarado


Miles de hondureños vivimos el país a través de la pantalla. Oficio de años que, quizá en muchos casos, se haya vuelto obsesivo. Es el consuelo de un nacionalismo a distancia, un apego bien o mal aconsejado por la nostalgia. Es la Honduras que dejamos y a la que la pantalla, muchas veces con sus imágenes y sus voces brutales, nos permite volver. En días como éstos, manchados por el fraude y la violencia, los reflejos de la pantalla nos proyectan las caras de tantos muertos en nuestra cara. Esa es la Honduras que “arrastra sangre y lodo”, como en el poema de Clementina Suárez.
 
En Oceanía me he acostumbrado o quizá resignado a vivir días de violencia a través de la pantalla. Hace años, por estas fechas, miraba “las mejores fotos del año” en un periódico inglés. Allí estaban los lugares de una violencia que se nos ha vuelto cotidiana: Afganistán, Siria, Iraq; pero la foto número 16 era la de una muchacha asesinada en San Pedro Sula. Esa es la Honduras que me llega hasta estas Antípodas, la misma que, en 1974, Warren Zevon describió perfectamente en su canción “Lawyers, Guns and Money”: “Estoy escondido en Honduras,/soy un tipo desesperado./Manden abogados, armas y plata./La mierda llegó al ventilador.”
 
Facebook me dice, en las crónicas velocísimas de mis amigos, que la Honduras de Warren Zevon, la de Clementina Suárez, le sigue haciendo honor a su nombre.
 
Hace poco vi, también por Facebook, una foto de un grupo de hondureños manifestándose en Berlín; la bandera hondureña frente a la Puerta de Brandenburgo. La escena seguramente se repita en Madrid o en Nueva York. Frente al desastre o la violencia, la patria aparece en esa bandera que expresa el espíritu de ese nacionalismo a distancia que, dentro o fuera del país, nos vuelve parte de esa comunidad imaginada que es la nación de cada uno. 
 
En las imágenes de Facebook uno cree reconocer algunas calles, pero el país, como nosotros, ha cambiado tanto. Lo reconocible es la violencia: las barricadas, los incendios, los militares en las calles. Y recuerdo cuando, en mi infancia, en los años 70, aprendí mi primera lección de música clásica: los primeros acordes de la “Marcha Militar”, de Schubert, que anunciaba, por cadena nacional de radio, que había ocurrido otro golpe militar. Esa Honduras, y duele saberlo, tampoco ha cambiado.
 
Al nacionalismo musical, impuesto en el siglo XIX a través de nuestro lamentable himno nacional, se le suma el religioso. “Jesucristo dijo…” se leía en una pared que aparecía en un video que unos jóvenes filmaron en San Pedro Sula. En el video no se puede leer qué dijo Jesucristo pero no importa. En la Honduras que recuerdo, de los años 70 y 80, Jesucristo no decía tantas cosas. Ahora, cada vez que regreso a Honduras encuentro, sumado al poder católico, heredado de la Colonia, el fundamentalismo protestante: Cristo es dueño de muchos buses, muchos negocios, muchas paredes; esto último es una especie de grafitti sanctum, en el que se manifiesta el poder incontenible de la industria evangélica gringa. Me sorprende, confieso, que los jóvenes sean tan religiosos; no recuerdo que la juventud de mis días tuviera el “Bendiciones” como santo y seña.   
 
La historia latinoamericana nos enseña que los tres poderes —el político, el militar y el religioso—siempre han estado aliados para salvaguardar el poder que a los tres les importa: el económico. En estos días de fraude electoral transmitido en vivo, a pesar de los siniestros apagones, los hondureños del destierro vemos por la pantalla la manifestación de esos poderes.
 
Que no se crea que me adjudico el dolor de otros ni que me considero experto en el dolor de mis queridos. Escribo esto en Nueva Zelanda, un país tranquilo y seguro, gobernado desde hace unas semanas por una joven líder que nos da esperanzas después de nueve años de un gobierno neoliberal. Es importante reconocer esta diferencia. Cada quien sufre su país a su manera o, lo más terrible, a la manera en que se le impone. Se lucha contra esa imposición para que el país, y aquí vuelvo al poema de Clementina Suárez, ya no siga arrastrando “sangre y lodo”.   
 
A los hondureños de Berlín, quiero decirles que los vi; también a los que se manifiestan en las calles de Santa Rita de Copán. También los verán en Nueva York o en París. Los mensajes que los amigos lanzan al ciberespacio con urgencia también se reflejan en la cara de los que andamos desperdigados por el mundo. Admito que esto no les servirá de nada. Es solo una forma, repito, de decir que el país también nos duele.


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