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Por: Alex Palencia

Honduras es un país surrealista en el sentido extenso de la palabra, pareciera un lugar terrenal inventado por el genio creativo de García Márquez donde Macondo se queda corto. País donde flota el plomo y el corcho se hunde, donde los aviones han chocado con los autobuses, donde las locomotoras atropellan a los barcos, donde se construyen con 100 millones de dólares un Trans450 (Bus Transporte Rápido BTR 450) para decirnos después que en realidad era una pista para que transiten bicicletas, en fin; hasta la naturaleza parece ser aquí inexplicable, peces del cielo caen en forma de inusual lluvia. País en donde los curas y pastores evangélicos son expertos leguleyos y los abogados grandes versados en asuntos teológicos.

Por: Félix Cesario*

El ocaso del patrón que está sentado en el sillón presidencia hondureño, es una caricatura, mal elaborada, del “otoño del patriarca” del inmortal Gabriel García Márquez “Gabo”. En lo único que lo imita con veracidad es que, la madre del dictador sietemesino se llama “Bendición Alvarado”, quien era una “pajarera” pueblerina, quejándose de su pobreza, ignorando que era la mujer más rica de los confines. En otra cosa que se asemeja es en que, el sietemesino convocaba a dialogo a las y los muertos de hambre para dialogar en como regalarles unas gotas de leche de la rex pública.

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle*

Centroamérica ¿ha inventado la política surrealista? En Honduras y Nicaragua el dialogo invocado -autorizado incluso- se degrada en monologo de un títere que rebota como tentetieso, cuyo ventrílocuo no podemos adivinar, aquí ni allá. Los gobiernos se rehúsan a aceptar que haya otra mayoría, ni razón para poner la suya a prueba. Y aunque están en posesión de las instituciones, devienen gobiernos de memes, en la sombra, virtuales, ficciones de su propia propaganda. Mientras que sus oposiciones no encuentran otra forma de salir de la burbuja que tirando cosas y haciendo tranques. En otro sitio, habrá que comparar los procesos de dialogo obligado y frustrado, hoy inútil y absurdo en ambos casos. ¿Debo decir que, puesto que no tenemos los ánimos ni las armas, me queda claro que tampoco tendremos, cuando llegue el momento, más opción que dialogar? Y clarísimo, que no es ahora.

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