Por: Rodolfo Pastor Fasquelle*

  A mis compas del Tribunal de Honor de LIBRE
 
Se observa comúnmente también en otras artes dramáticas, el infantilismo. Más un fenómeno de la psicología (ninguna etapa es necesariamente superada), que contradicción de las reglas de un proceso de madurez, porque estas ultimas hipotéticas estarían siempre sometidas a la relación de poder, pero la Psyche no esta sujeta a un ciclo, ni tiene limite. En la imaginación puedes, fuera del tiempo, creer todo, ser otro y hacer lo que quieras. Yo tengo un traje volador, me explica Sofía mi nieta, aunque –hoy- no lo trae puesto y tendrá que caminar conmigo por la calle.  Luego de encontrar el libro de cuentos que le regalaron los Reyes Magos, Sofía voltea al infinito cielo nocturno, por ver si queda, como huella del camello de Melchor, una estela de luz de las estrellas.
 
Tengo para detectar el infantilismo esta experiencia ventajosa de ser buen abuelo y estar retirado. Demasiado preocupado por su responsabilidad en la crianza, un padre acaso no termina de entender que niño es niño, y si se le ha protegido, se comporta siempre como un tirano nato y manipulador, no porque sea inmoral, si no porque se cree cada uno el centro y fin del universo y la medida de todas las cosas. Para los niños no hay error posible nada imposible ni más importante que ellos mismos. (Excluyendo a mama-y-papa que necesitan para celebrarse a si mismos continuamente). No hay reglas que apliquen por siempre. Porque no entienden la muerte señala Savater, la regla que al final acarrea a las demás. Se creen inmortales, los niños y los políticos.
 
Y, como la mortalidad es la que nos inspira además de la ética, la economía de aprender de nuestros errores, a los niños y los tiranos no les hace falta la historia, ni la ética. Reinciden unos y otros porque apuestan a que, aun en iguales circunstancias, las mismas acciones que antes tuvieron resultados destemplados, la próxima vez, por azar, los tendrán halagüeños. Son tahúres, porque no creen en la razón si no en la suerte o la tuerce. Y los políticos se comportan igual así con el entusiasta aplauso de sus seguidores. Se disputan las poses, se escuchan a si mismos al hablar. Sueñan como casi todos, de niños y ellos aún de grandes, con ser reyes, déspotas. Nadie sueña con ser presidente constitucional. Como soñó S. Nasrala ayer y como sueña Luis hoy. Y algunos, como JH y Mel, creen en el poder perpetuo aun después de haberlo perdido.
 
Y es que, como los niños, los políticos también son narcisistas, se dan inmensa importancia a si mismos y exigen que se las den los demás.  Observen si no  Uds. las convencionales reuniones en torno a coyunturas solemnes, efemérides e historietas de la biografía. Recuerdo que, cuando empecé a alternar, hacia 1993, con los líderes, tuve la rara impresión de que, en vez de cumplir años, celebraban sus no cumpleaños, es decir continuamente, por lo menos cada pocos meses. Que, en esas ocasiones como si fuera compromiso, se les congratulaba con anuncios en el periódico, se les visitaba y ofrendaban regalos, les llevaban serenatas y celebraban francachelas interminables como piñatas. Otra fantasía típica.  Insaciable, que es infantil querer más aunque te haga daño, o volver a hacer lo que sabes que ya hizo daño. Aun negándolo.
 
Así veo ahora con tristeza o ayer, a cientos de mis compañeros, ¡celebrarle su cumpleaños a Mel en las redes! ofreciéndole otra vez el voto y la re candidatura envenenada. Pero estuve en contra de la reelección siendo su ministro de Mel, en 2009. Declaré que había que ir a la constituyente, a explicarle al soberano por que no le convenía que nadie se perpetuase en el poder, a su costa. 
 
Seré una vez mas voz solitaria en mi Partido oponiéndome a su lanzamiento para una reelección, el cual -a mi ver- sería una contradicción y un gran fracaso del Partido Libre, mi partido, en el cual se tendrían que haber desarrollado otros liderazgos luego de casi una década de lucha, si hubiera habido luz y se los hubiera abonado, en vez de mutilado a la sombra.
 
No se me malinterprete. No subestimo a Mel. Reconozco su liderazgo vital. Es un caudillo (lo transicional solo es una circunstancia) y no lo culpo de esa condición, que no es una imposición suya, si no una función del subdesarrollo. Entiendo el papel que -más allá de toda contradicción- cumple el caudillo en la política hondureña y americana, de izquierda y derecha desde el s. XIX hasta nuestros días de Trump. No se extirpará ese role por decreto ni se le desplazará del entusiasmo fatuo de la masa ignara, con un razonamiento filosófico, histórico.
 
Mel podría llegar a ser legítimamente candidato otra vez, luego que una Constituyente o un genuino plebiscito lo legalizara. Y, en esa circunstancia, resignado, pudiera incluso otra vez votar por él, de no haber alternativa popular y aun no creo yo que haría un mal papel, si lo dejaran. (Es un hombre dedicado) Porque la abstención siempre es peor que la omisión o la traición al pueblo. Pero no puedo actuar contra lo que entiendo. Vengo a contradecir. Argumentaré incansablemente, en todo foro y tiempo y con toda mi energía contra la legalización de la reelección. Es un error casi incomprensible, infantil, del ego político. Y no es cuestión formal. Mas allá de la ley (que hacemos para respetarla, señores y se deshace únicamente de la misma manera que se hizo), me opongo a la reelección porque es un sinsentido ideológico. (¿Por qué interrumpir la alternabilidad en una sociedad de iguales?) Y por una razón practica, histórica. Nunca funcionó.
 
Dentro de la democracia, la reelección, y el continuismo en que deriva siempre, se alimentan a si mismos en círculos viciosos, mordiéndose las colas y, si no se puede consolidar una dictadura, ese movimiento mecánico genera inevitablemente ciclón político, turbulencia, e inestabilidad, al cerrar el flujo normal del poder de unos a otros individuos ubicados en la matriz política, de un partido a otros y de una generación a la siguiente. Es un error. ¿Cuántos siglos más de verlo en los hechos necesitan nuestros políticos del patio para comprenderlo? Inocente no, pero claro que se puede ser niño para siempre y hay quien lo encomia.
 
Yo amo a los niños, y preservo al niño que fui, para referencia. Mas, como reza un famoso pasaje del capítulo decimotercero de la platónica primera carta de Pablo a los corintios Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. Presumiblemente maduré. Miré el mundo cara a cara, y conocí como he sido conocido. Entendí que no se trataba de mí otra vez, ni únicamente de mí. Que tenía responsabilidades con el conocimiento de lo sucedido. Y sobre todo con los demás, que tienen el mismo derecho, que solo puede gozar uno a la vez.
 
* Historiador. Ex Secretario de Cultura, Artes y Deportes.

0
0
0
s2sdefault