Por: Galel Cárdenas*

La dictadura de JOH ha escogido el camino de la enajenación social a través de varios instrumentos de  impacto social masivo y mediático.

Primero ha entendido que la analfabetización del país es una prioridad de su gobierno,  con el fin de instalar en el pensamiento acrítico de una gran porción del pueblo hondureño, la idea de que la dictadura es un bien necesario que permite una serie de ciertas libertades  referidas a danzar, bailar, escuchar reggaetón, ir al estadio, montar carnavales en todas las ferias municipales, patrocinar programas de vaciedad cultural en todos los canales de televisión, en fin, masificar un sentido de alegría sensorial en toda la juventud y población hondureña.

Se trata de destruir en la conciencia de los jóvenes y de los adultos hondureños el sentido del reclamo ante la avalancha de la pobreza, la miseria, la inseguridad personal, y todas las demás necesidades insatisfechas que posee la ciudadanía.

Se ha montado una falsación, una falsía, una falsedad,  del sentido crítico, de las oposiciones políticas, como algo risible, algo comediante.

Este trabajo se lo han dejado a los presentadores de noticias y televisoras que programan largos y entretenidos programas televisivos, en donde colocan periodistas profesionales y empíricos que comportan una conducta de vulgaridad cultural exorbitante, procedente imitativamente de la televisión oligárquica mexicana, colombiana, brasileña y esencialmente de la cultura vacua del maiamismo televisivo en el cual, los presentadores demuestran sus condiciones histriónicas, bufas, burlescas, un tanto reminiscentes  del burlesque europeo, que apareció allá por el siglo XIX, que contenía una visión literaria, enfocada en la comedia en donde la ridiculización era uno de los ejes vertebrales del espectáculo.

Pues salvando las distancias, en Miami, México y otras ciudades el burlesque es una de las líneas  de financiamiento de los grandes productores y dueños de la televisión de las burguesías latinoamericanas, en Honduras nada es la excepción.

Entonces, con el fin de amarrar las argamasas que consolidan la esfera de la dominación ideológica y política del neoliberalismo, los programas televisivos de información y entretenimiento poseen el objetivo de desfigurar la realidad real, y convertirla en una parodia televisiva, misma que la dictadura traslada después a la población en los barrios, colonias populares, ciudades y demás otros centros de concentración demográfica.

De este modo, han sabido implantar el esquema del carnaval que, volvemos a Europa, constituyó en su época, la expresión popular de anteposición a la aristocracia hierática, endurecida en sus poses de dominación integral de la sociedad.

Como siempre el factor popular va decantando ciertos comportamientos sociales, en la Europa del pos renacimiento, el carnaval surgió después de la cuaresma cristiana  con el miércoles de ceniza, con el cual el pueblo después de tanto misticismo eclesiástico, desmontó aquel comportamiento y procuró así producir una permisividad y una parodia del mundo, a veces contestataria, para ello fue necesario inventar el disfraz y retomar las máscaras de la antigüedad greco romana pertenecientes al culto del dios Baco o Dionisos, el de la expresión espontánea, todo ello con una trayectoria que devenía de los mismos egipcios, en un término de 5000 años.

En Latinoamérica, entonces se introdujo el carnaval a través de los conquistadores, quienes sin darse  cuenta en un momento dado, se le fueron agregando los matices indígenas y africanos, como sucede en algunos lugares de la América conquistada, en México y Colombia donde existe un carnaval  de negros y blancos.

Así de esta manera, el carnaval tiene un arraigo popular muy grande, pero, en Honduras, en los últimos 9 años, se ha convertido en una dimensión de enajenación proveniente desde la estructura gubernamental con el objetivo de desmontar el mundo de la crítica, la oposición y el prestigio de las argumentaciones ideológicas de la izquierda y de los sectores críticos del mundo de la política.

Entonces la dictadura patrocina todos los carnavales posibles en comunión estrecha con la empresa privada que ve en estas fiestas enajenantes, un negocio extraordinario.

El fruto más degradante de esta plataforma ideológica es la carnavalización de la figura de Francisco Morazán, al establecer la semana morazánica como una escapatoria del mundo rutinario laboral  pero esencialmente con el objetivo de fortalecer la industria hotelera que ha quedado disminuida en lo que a promoción turística corresponde, hasta que llegan las fiestas decembrinas.

El Morazán liberador, humanista, educador, estadista, militar de alto coturno, pensador como pocos en el país, es destruido en estos siete días carnavalescos impuestos por la empresa privada y el gobierno cachureco.

El objetivo de la carnavalización dictatorial es desmontar en la conciencia del ciudadano analfabeta, el sentido de la crítica e insertar un sentido de hedonismo alcohólico, musical, con una cultura del desmedro de la dignidad humana, de la necesidad de la protesta social, en la que, es evidente las ganancias estratosféricas de la burguesía turística.

El ciudadano es sometido, sin él darse cuenta, a una falsa felicidad instantánea, provocada por el consumo del alcohol, o las drogas, el producto musical regatoneano de desprendimiento de la vida constructivista liberadora que produce el trabajo y la lucha por alcanzar nuevos estadios de mayor calidad de existencia humana.

El carnaval dictatorial es un desprendimiento de la conciencia social  y la asunción de una estructura mental de falsa felicidad, de momentaneísmo satisfactorio, de la búsqueda del placer corporal y espiritual sensible y visceral, apartado del fin humano de luchar por la vida digna y constructiva.

Por ello, los carnavales dictatoriales no incentivan el arte, la cultural, la historia, el conocimiento, la academia, la lectura, las academias. La filosofía fascista dictatorial entonces promueve presentadores que poseen una cultural vulgar, vacua, insustancial, trivial, fútil, nimio y pueril, la cual es considerada por el público disperso televisivo como una admirable maqueta cultural que se debe imitar.  

La oligarquía fáctica y mediática incentivan la mayor parte de sus emisoras y televisoras programas de una naturaleza anti científica, rayana en la promoción de lo ridículo como norma de conducta general del ciudadano hondureño.

No es del todo gratuito que a las preguntas de cuándo se independizó Honduras, cuando nació Morazán, qué es la independencia, la gente en las tales “marchas patrióticas” no sabe ni pío, pues, la plataforma de la de alienación de la dictadura ha  obtenido  sus mejores frutos.

Así ¿quién podrá defender la soberanía popular y condenar la venta del territorio nacional a los inversionistas extranjeros que tanto clama la dictadura?

¿Y qué acción realizan los partidos populares y de la izquierda ante esta avalancha y esta minuta ideológica enajenadora?

He allí el problema: LQQD.

*Escritor, Ex Catedrático de Letras en la UNAH e Integrante del Grupo Cultural COQUIMBO.

 


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