Por: Eva Boyle Bianchi*

(Tomado de SIGNIS ALC) Hay imágenes y sonidos que no se borran fácilmente de nuestra memoria. En estos días, las que seguramente a muchas personas les será difícil borrar son la de los niños separados de sus padres y ubicados en lugares con rejas, dando la sensación de una jaula. Tampoco el sonido del llanto con repetidos llamados a su papá o a su mamá y las palabras de una niña que pedía hablar con su tía inmigrante para que la saque de ese lugar.

Cuál ha sido la razón de que esos niños y niñas, muchos de ellos menores de cinco años, tengan que pasar por esos difíciles momentos: la política de "tolerancia cero" que se ha dado en Estados Unidos por el gobierno del presidente Donald Trump. Ésta fue anunciada en mayo afirmando que las autoridades procesarían penalmente a cualquiera que cruce la frontera de manera ilegal. Lo que ha ocurrido es que mientras los padres enfrentan el enjuiciamiento, en prisiones federales, sus hijos no pueden estar con ellos. Desde que se activó esta medida 2,342 niños han sufrido la separación de sus padres.

Organismos internacionales han criticado la dura medida. Uno de ellos es UNICEF. Su directora ejecutiva, Henrietta Fore, se manifestó abiertamente en contra, ya que vulnera los derechos de los niños y niñas y son experiencias traumáticas para ellos. Amnistía Internacional, "Human Rights Watch", Naciones Unidas, el Papa, y diferentes países, también se sumaron al pedido de cese de esta práctica, así como representantes de diferentes grupos, organizaciones, instituciones e iglesias norteamericanas. Ante la presión, Trump se ha visto forzado a retroceder.

El senador Jeff Merkley, demócrata de Oregon, ha expresado: "Esta no es una política de 'tolerancia cero'. Es una política de cero humanidad, y no podemos permitir que continúe". Palabras que nos pueden ayudar a reflexionar en cómo vemos a los migrantes nacionales o extranjeros, a los que muchas veces deshumanizamos.

La deshumanización conlleva la exclusión de la persona. Muchas veces se les califica como inferiores, remarcando los "defectos" y no reconociendo sus valores. Calificativos de 'sucios', 'flojos' o 'peligrosos' hacen que en algunos momentos justifiquen la violencia que se emplea contra ellos. Las personas consideradas así pueden ser explotadas, privadas de su libertad y violentadas. Todo lo que se haga contra ellas es visto como algo normal, inevitable, merecido y justificado.

Lo que en realidad mueve a mirar al migrante con desconfianza es, muchas veces, el sentimiento de inseguridad frente al desconocido y la incapacidad de aceptarlos con sus diferencias. En nuestro país, los migrantes internos han sufrido por el rechazo de los compatriotas que consideraban que mejor se hubieran quedado en su sitio sin comprender las circunstancias que los hacía dejar su pueblo, sin recordar que muchas personas tuvieron que salir por la violencia para llegar a una ciudad que los trataba con hostilidad.

Nuestro país, como Estados Unidos, ha sido levantado por todas las sangres. Muchos de los que rechazan a los migrantes nacionales o extranjeros son descendientes de otros migrantes que han aportado a la construcción de nuestro país. Sería bueno que investiguen sus raíces, ello les daría mayor amplitud de mirada y mayor capacidad de acogida.

(*) Coordinadora del Instituto Fe y Cultura de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.


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