En los estertores de la batalla del Espíritu Santo en El Salvador, el 6 de abril de 1839, Trinidad Cabañas a la sazón el hombre de vanguardia de Francisco Morazán, pudo tener su noche alucinada luego del ruido ensordecedor de los combates.

En el receso final de aquella gesta, una de las más celebres de su carrera militar, desde su interior, al lado de su piquete de soldados vio el futuro de la república hibuerense en ciernes y sobre todo el legado suyo de honradez y valentía como paradigma multiplicador que continuaría en cada gobierno de turno para honra y orgullo de su Honduras amada. Creyó a pie juntillas que su legado sería echado a andar en la totalidad de un país rico y hermoso como la soñó siempre.

Viendo al cielo estrellado, con una roca de almohada en su cabeza, de seguro se imaginó al Estado moderno con un ejército incorruptible y conductores del país a quienes la ciudadanía les rindieran el sombrero, por intachables y celosos vigilantes del uso adecuado de los recursos de la sociedad entera y el respeto a la constitución.

En su noche gloriosa por la libertad, el Cabañas probo, que nunca le robó un centavo a su pueblo, llegó, quizá iluso, muy lejos. Más allá de lo que nosotros pudiésemos pensar. Nunca se imaginó, en aquellos momentos de gloria y sacrificio, a la Honduras de hoy atrapada por el crimen organizado con testaferros en los tres poderes del Estado, como cáncer que junto al delito común y el alto costo de la vida representan problemas endémicos, por demás, como parentela macabra de un proyecto que busca la desnacionalización y la perdida de la soberanía y pulverización del propio Estado, que es al fin y al cabo el modelo que nos piensan rubricar las transnacionales estadounidenses y otras potencias extranjeras.

Si Cabañas viniera a vernos, hoy en 2018, en su 9 de junio cumpleañero, encontraría que la violación a la Constitución de la República es la actividad más apremiante de la corrupción e impunidad en las mentes y uñas de sus más ilustres como destacados malandrines públicos, comenzando con la primera figura de la República.

Encontraría con mucha pena y tristeza que los actos indebidos, gigantescos o pequeños, se convirtieron en una costumbre sistémica y en una maquina aceitada y ajustada con el pulso de un carnicero: sin “matar una mosca”. Es decir, no pasa nada, porque en Honduras todo se puede y cuando se trata de delinquir “hay que hacer lo que haya que hacer”.

Según nuestro barbado Cabañas, así como lo piensa la ciudadanía del siglo XXI, esta gavilla de asaltantes debieran estar presos en la tolva santabarbarense o El Paraíso, pero se blindaron con canallesca brutalidad, respaldados por la Corte Suprema de Justicia, Ministerio Publico, Embajada estadounidense, Fuerzas Armadas, cúpulas de iglesias y medios de desinformación masiva con su prensa corrupta e infame.

Cabañas, se percataría que los corruptos impunes están en combate lacayuno cotidiano y persistente, para empobrecer más al pueblo hondureño y si es posible, hasta su exterminio para asegurar la vitalidad de la dictadura que desgobierna al país.


En su noche de batalla, al calor del silbido de las balas sobre su cabeza, en la batalla del Espíritu Santo, Cabañas el compatriota más honrado y valiente que ha tenido la República a 213 años de su nacimiento, (el 9 de junio de 1805), pediría permiso a Morazán para hacer un giro de cuerpo en su trinchera de guerrero eterno y dispararía, si pudiese, sus balas en puntería certera, contra los traidores y ladrones de la patria de hoy.

 


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