Por: Andrés Pavel*


La historia de la época contemporánea es la de dos ideologías dogmáticas que,en su momento, dominaron totalmente el imaginario mundial –primero el comunismo, luego el capitalismo neoliberal—que, pese a ser polarmente opuestas, sorprenden por la similitud entre sus preocupaciones iniciales y sus realidades últimas. Tanto el planteamiento de izquierda –la abolición de la propiedad privada—como el de derecha –una sociedad de capitalismo total—responden, en principio, a un problema esencialmente altruista: liberar al hombre –¿y a las mujeres?-- de la desigualdad de oportunidades.

Ambos pensamientos han producido, respectivamente, las dos mayores potencias económicas de nuestro tiempo, EEUU y China; También ambos han fallado en resolver el dilema originario antes mencionado. Lejos de acercarnos a la erradicación de las desigualdades, hoy nuestras sociedades, pese a su supuesta y proclamada adhesión a los valores democráticos occidentales, están en un proceso de volcarse al autoritarismo y la marginación institucionalizada (tanto en los países desarrollados, bajo la forma de los movimientos xenófobos, como en nuestro tercer mundo, sometido a nuevos esquemas de expolio), conjugado con la privilegiación absoluta de una clase político-económica dominante. 

La reincidencia en este fenómeno llama la atención a reflexionar sobre la naturaleza del privilegio, como institución social que no hemos estado preparados para desaparecer o mitigar.

Privilegio, marginación y autoritarismo son tres aspectos que siempre están presentes juntos en un mismo esquema de interacción social anti-igualitaria, cualquiera que este sea: ya sea  a escala tan pequeña como la de las relaciones interpersonales grupales, o tan grande como la de los estereotipos de discriminación social, o de la concentración clasista de poder político. No debe sorprendernos que cualquier reforzamiento de una de estas tres características conduzca al afianzamiento de las otras dos: están íntimamente ligadas.

La experiencia nos muestra que, por inercia, los privilegios tienden a perpetuarse y acentuarse debido a la misma fuerza que ejercen en el proceso de exclusión social del que se desprenden; el privilegio es, precisamente la institucionalización de una desigualdad social, y convierte dicha desigualdad en un esquema de dominación vertical.

También por experiencia sabemos adónde conduce el proceso de acumulación de privilegios: lo observamos en sociedades tan injustas, previo a sus procesos revolucionarios, como la francesa, la rusa, la mexicana o la cubana. La desigualdad extrema, en última instancia, conduce a la inestabilidad social, previo a lo cual se experimenta un periodo de estancamiento severo. La violencia no es la única salida, pero parece inevitable cuando fracasa un proceso transformativo que sigue al cambio de pensamiento, es decir, cuando se cierran las puertas al progresismo.

Nótese como el latifundismo condujo al estallido de la Revolución Mexicana; en nuestro país, el conflicto fue demorado por la inconclusa reforma agraria bajo la dictadura de Melgar, pero ha resurgido de cara a la extrema concentración de propiedad de la tierras, en el Aguán y Zacate Grande, por ejemplo. Aunque la legalidad está del lado de los terratenientes, en la práctica no puede haber latifundismo sin conflicto. Privilegiación, parasintético de privilegiar, privilegio, …muy utilizado por A. P.

El punto que es esencial recalcar, en última instancia, es que el proceso de privilegiación únicamente es reversible por medio de un movimiento social de pensamiento transformador, organizado, inteligente, masivo y proselitista. La reversión de la privilegiación, aunque estén conscientes de la existencia de una crisis –esto lo hemos observado en la conducta de las autoridades hondureñas, que a la vez que han dedicado los últimos meses a llamar a una conciliación nacional, siguen legislando y conduciendo el país de una manera tercamente –y peligrosamente—excluyente y autoindulgente.

Esta es la lección que deben dejarnos los fracasos ideológicos del pasado. En muchos casos, los problemas de la sociedad occidental tienen soluciones ya conocidas, pero que son rechazadas por el mismo establecimiento ideológico. Sabemos, por ejemplo, desde hace mucho que la liberalización económica propuesta por los capitalistas clásicos, y hoy por los neoliberales, conduce a la extrema concentración de la riqueza y todos los vicios resultantes (miseria, capitalismo amiguista, plutocracia y cleptocracia –todo lo cual ha afectado a la sociedad hondureña de la manera más chocante y descarnada, y que conocemos bien), pero que este fenómeno tiene respuestas concretas y probadas, como la tributación progresiva y la asistencia social.

Increíblemente, para los dogmas ideológicos occidentales modernos, estas salidas ya no se consideran políticas aceptables (su promoción conduce a la excomunión del establecimiento liberal, por ser populista o chavista, o algo parecido) pese a la importancia que tuvieron en el siglo XX: es preferible continuar en estado de crisis, mientras el dogma (y todos los privilegios que ampara) se mantenga vigente.

Como sociedad consecuente con sus propios valores, debemos cambiar esta manera de pensar. El rechazo a las desigualdades, a la privilegiación, a toda forma de abusos resultantes, debe volver a prevalecer sobre los regímenes excluyentes.

*Andrés Pavel es un artista y analista hondureño.


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