Por: Andrés Pavel

Los dogmas siempre han sido útiles para la perpetuación de los privilegios de los grupos de poder, fundando así un establecimiento de dominación social sobre uno ideológico.

La sumisión, cuando no la fanática adhesión, de las bases de seguidores en tal establecimiento significa la imposibilidad de emancipación personal y colectiva, un derecho voluntariosamente vendido a cambio de la seguridad personal de sentirse incluido (estando, de hecho, excluido por las ventajas exclusivas de un grupo económico, pero a salvo de la crisis de identidad a que conlleva el ser independiente de principios inviolables).

La contradicción del dogma por las realidades históricas introduce una crisis en el establecimiento que el poder percibe como una amenaza existencial, lejos de admitir los cuestionamientos y replanteamientos emergentes se radicaliza y se torna represor.

Este lamentable esquema, habilitado por la verticalidad social en nuestro hemisferio y por el hecho de que estamos aún muy lejos de lograr las anheladas liberaciones individuales, nos permite comprender cómo de una teoría económica capitalista moderna, que nominalmente concierne al desarrollo de mercados, se ha desprendido una profunda disfuncionalidad gubernamental y comercial que se replica en todo un subcontinente, aunada al establecimiento de sistemas coercitivos inhumanos y espantosos.

Hablamos, claro está, del neoliberalismo, y lo más preocupante es que a la luz de las crisis que ha suscitado en todo occidente, provocando las exclusiones sociales, económicas y políticas más profundas de la época contemporánea, los prosélitos de esta teoría devenida en establecimiento económico aún no admiten desviación alguna. Es más importante mantener el dogma, tan útil para las élites del poder, que recatar a un Estado de la degradación que le han infligido el expolio y la rapacidad.


Es así como se habla hoy en día de apertura económica, pero lo que se ha fomentado es que las élites estén más privilegiadas que nunca antes en la época contemporánea; se habla de globalización, pero en tanto que las maquilas y la invasión de productos extranjeros que promueven entusiastamente, cada vez se imposibilita más el libre desplazamiento de personas e ideas.

Se trata de libertades individuales, pero el acceso a una educación digna es cada vez más restrictivo y excluyente.

Lejos está la promesa de gobiernos respetuosos de la libertad y no intrusivos, vemos la proliferación de la represión, el espionaje a la ciudadanía, de la securitización y otras violaciones de derechos a cuenta de aparatos estatales que gastan indiscriminadamente los recursos públicos, para adoptar más y más medidas en contra de su propia ciudadanía, a la vez que la constriñen con impuestos y endeudamientos galopantes.

El discurso de FMI, de los Chicago boys, y de toda la cohorte partidaria, intelectual y mediática de evangelistas del neoliberalismo se transfigura en una burla cruel ante las realidades que han prococado y su absoluta falta de respuestas –o de voluntad para buscarlas- a las crisis resultantes; antes bien, donde hay una fisura que amenace al sistema, podemos esperar vuelcos a la austeridad y autoritarismo.

Por supuesto que las criticas expresadas responden a problemas de suma gravedad que vivimos en Honduras, pero son omnipresentes en Occidente, no hay país en este hemisferio donde no se expresen preocupaciones similares sobre diversas libertades violentadas y exclusiones, aunque en distintas escalas (incluyendo en EEUU).

En última instancia, los defensores de un establecimento ideológico pueden argüir que sus fracasos prácticos no vienen por una falta en el dogma. Al contrario: es que nunca sse aplicó con la debida pureza. Dios les libre de tener que encarar una realidad concreta y alzar nuevos cuestionamientos y planteamientos.

Dios les libre de tener que enfrentar los problemas de empobrecimiento, exclusión y desarrollo, de revertir los ciclos de privilegización y autoritarismo en curso, en fin, de actuar como hombres de estado, cuando se pueden volver a los altares de la economía clásica y postrarse ante los arcaísmos de la mano invisible de Adam Smith y la curva de la prosperidad de Kusnetz, tan ingrávidos, tan evanescentes y esperanzadores.


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