Por: Andrés Pavel

Un servicio deficiente, incumplimiento de los contratos licitados, y erogaciones desmesuradas a expensas de la ciudadanía: los constantes escándalos que permean la cobertura mediática de todos los servicios privatizados y las alianzas público-privadas en Honduras comparten los mismos patrones.

Pero esto no es lo más grave de las relaciones entre empresarios y Estado que han surgido a raíz de que el nuestro es el país de Latinoamérica que más parece haberse comprometido con el modelo privatizador y su gran patrocinador, el FMI. Debemos observar con mayor preocupación la profundización de una relación entre contratistas del Estado y políticos que acarrea un drástico empobrecimiento del Estado y su capacidad para asistir a las clases pobres, peligroso porque es muy difícil de revertir.

Lo engañoso es que la circunstancia del mal manejo de fondos públicos parece ser, a primera vista, solo la tradicional maniobra “Made in Honduras” de la corruptela entre las autoridades de nuestro país; pero la realidad es que la instrumentalización de la privatización como medio para perpetuar élites en el poder en un complejo político-económico a costa del debilitamiento económico de los estados y sus poblaciones —y sumado al fracaso prácticamente universal de tales emprendimientos privatizados en representar una mejora en los servicios manejados— es comenzando por el epicentro mismo de la ideología económica neoliberal que promueve la privatización, EEUU y el Reino Unido.

Las cartas están ya sobre la mesa, pero la marejada de propaganda y subterfugios que rodean las transformaciones económicas de nuestro tiempo dificultan que se pongan en evidencia, a excepción de las estadísticas sociales cada ver más preocupantes —en los últimos años, un desmedido aumento de la pobreza en Honduras, una contracción de la clase media y de los millonarios, con la riqueza cada vez más concentrada en manos de los cada vez menos millonarios.

El neoliberalismo, la ideología capitalista radical de la que se desprende el auge privatizador contemporáneo, pese a presentarse invariablemente como un esquema modernizado del estado, dista mucho de ser nuevo. Sus fundadores, los economistas de la Escuela de Austria, vivieron con horror la II Guerra Mundial, y concibieron esta doctrina, irónicamente, como profilaxis contra el ascenso de gobiernos autoritarios.

A partir de 1979, Margareth Thatcher en el Reino y poco después Reagan en EEUU, dieron marcha a la institución del neoliberalismo como doctrina dominante en un mundo que poco después se volvería unipolar, bajo la supremacía de los Estados Unidos, y también sentaron el tono de celo y fe ciega en su versión particular del capitalismo radical.

Pero en casi cuatro décadas del arranque de la puja neoliberal, sus fallas y las grandes crisis sociales que ha desencadenado siguen sin ser reconocidas por sus promotores; más bien, lo que es peor, son explotadas para mantener la hegemonía de grupos dominantes a nivel mundial.

¿Quien puede negar que en Honduras los tratados de libre comercio, las libertades en materia de inversión, privatizaciones, uniones aduaneras y demás han beneficiado a la población de manera muy desigual? Y aún así, no existe dentro del discurso capitalista conservador ninguna contramedida para mitigar el crecimiento de las desigualdades, más que apostar doble a practicas que, se ha demostrado, conducen a un empobrecimiento colectivo.

 


0
0
0
s2sdefault