Andrés PAVEL*

Con el costo de cada bomba lacrimógena lanzada pudo adquirirse, de haberse invertido más juiciosamente el presupuesto estatal, diez libros para una escuela pública. O la merienda escolar de un mes para dos niños.

O una computadora para un centro de aprendizaje. Detengámonos un momento para contemplar esta brutal realidad en la fecha que da inicio un nuevo año lectivo totalmente desesperanzador por la carencia de maestros, aulas, material didáctico y alimentos para dos millones y medio de niños hondureños integrados a lo que a duras penas puede llamarse un sistema educativo.

Inclusive para aquellos que, contra viento y marea, logren perseverar en la consecución de la anhelada excelencia académica, la totalidad de las becas en el extranjero estará vedada por el sencillo y cruel hecho de que el primer requisito para optar a cualquiera de ellas es ser bilingüe (mas acá de la realidad, que jamás será admitida por nuestras autoridades educativas, que en Honduras las becas son habitualmente cooptadas por los políticos), y esto aún no está contemplado en la educación general.

¿Debe sorprendernos que nuestro país se haya convertido en un foco de represión y persecución política que parece haber salido de casi medio siglo atrás? Irónicamente las personas que se han atrevido a actuar en oposición a esta disfuncionalidad sistémica son inmediatamente embestidas por un

aparato, primero mediático (¡sediciosos, extremistas, ñangaras!) y luego policial. Difícilmente puede limitarse este panorama a nuestro ámbito nacional: las escenas se repiten en Colombia, Brazil, Argentina —México se dirige por el mismo camino—, convertidos en arenas de propaganda y brutalidad criminalizando a la propia ciudadanía.

La clave en común en todos estos países es la influencia de EEUU: nuestro espectacular retroceso democrático responde principalmente a los intereses del “aliado” del norte pero, más concretamente, a la política personal de un individuo particular, el exsecretario de Estado John Kelly, primer mediador entre el lucro de la industria armamentista del primer mundo y la pauperización de nuestra región.

El problema de fondo de nuestro subdesarrollo no es —quizás esto es lo que más aflige— en lo más mínimo ideológico. En un mundo que hoy es de nuevo multipolar y en donde las dos primeras economías son, en ese sentido, completamente antitéticas, debería quedarnos claro que la existencia de una vía única al desarrollo o al fracaso es un mito; la deplorable polarización que se ha generado en este aspecto en los discursos mediáticos y sociales de nuestro continente ha sido solo una herramienta para preservar el status quo. Para Thomas Piketty —quien ya podría perfilarse como el mayor economista de nuestro tiempo— queda claro que el primer factor en el desarrollo de una economía, lejos de ser la alineación ideológica, es el nivel educativo.

He aquí el quid del asunto: los paises de Latinoamérica que han logrado erradicar el analfabetismo (y duele que esto aún sea un tema en pleno siglo XXI) —Ecuador, Bolivia, Cuba, Nicaragua— en efecto comparten un eje ideológico, pero la clave de su bonanza es que han dejado de ser clientes de los armamentistas del norte.

Hablamos antes de que por el costo de una bomba lacrimógena se pueden pagar tantos insumos para una escuela; pues con lo que damos por un par de fusiles se podría equipar un centro de cómputo completo.

La respuesta airada a los que admiran el progreso de las culturas diferentes suele ser que si tanto nos gusta un país, nos vayamos a vivir allá. Pues lo cierto es que desde hace mucho los hondureños están en un éxodo permanente; hoy, gracias a nuestra crisis política, pero principalmente sistemática, nuestros ricos ya se están sumando a esta migración: tan solo invirtieron $800 millones en el país, en el 2017, en contraste con $3.000 millones que que destinaron al exterior, según datos del COHEP.

A medida que nuestra crisis se agrava, también nuestros profesionales nos dejarán para asentarse en lugares en donde se crea que un pupitre es mejor inversión que un arma. Quizás entonces nuestras mayorías comprendan la patraña que se nos ha vendido: El Progreso de la seguridad en nuestro país se da en función de las mejoras en la investigación forense y recolección de pruebas podrá acabar con la impunidad delictiva, es decir, la seguridad es un área eminentemente científica y no marcial. Lastimosamente, ese no es tan buen negocio para el complejo militar-industrial gringo como colmar las calles hondureñas de soldados armados hasta los dientes y poco preparados para acciones consecuentes.
Mientras tanto, otro año académico comienza y como ya se ha notado, lo único que cambió fue el Ministro de Educación.

*Andrés PAVEL es un analista y artista hondureño. Ha publicado sus artículos de análisis y sus obras en varias revistas electrónicas.


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