Por: Carlos Méndez

Había transcurrido las cien horas que duró la “guerra del futbol” entre Honduras y el Salvador aquel año.

Ante la emergencia, por órdenes superiores se apagaba el alumbrado público y la población no encendía siquiera un fosforo al llegar la noche para evitar problemas con el enemigo   y que hizo que el amor se abriera de par en par, en los matorrales de las casas, al pie de los palos de gallinas y el calor tibio de los hornos donde se hizo el pan cariñoso de casa. Fue una época en la cual se sembraron muchas semillitas que hoy cual árboles robustos, frisan los 50 y pico de años en Honduras como en  el país vecino “agresor” y que inspiró a Roque Dalton el poeta salvadoreño decir al tope de algún clímax guerrillero, que la “verdadera guerra que tuve fue con una muchacha”.  

En la vieja radio Choluteca con su micrófono piña RCA Víctor, que colgaba del techo de la cabina, el periodista Carlos Ortega seguía su pauta cotidiana de todas las mañanas:  coger al gusto, sin pensarlo mucho,  varios números de diario El Cronista y El Día,  de los cuales, seleccionaba el titular noticioso que le parecía más rimbombante y atractivo para embobar la atención de su auditorio a falta de noticias locales redactadas, aunque abundasen a su alrededor, hechos relevantes y de gran importancia comunitaria. 

Entrabamos prácticamente a noviembre de ese año en donde las tensiones entre el pueblo salvadoreño y hondureño todavía no se calmaban del todo, a pesar de la intermediación de la OEA quien pocos meses atrás, un “Acuerdo de Paz” había terminado con la mal llamada “guerra” de las 100 horas.  El periodista llegó sudoroso montado en su cansada bicicleta en medio de la tempranera mañana. Entró a la cabina y lo primero que vio fue un titular de primera plana a cinco columnas en un numero sábana de Diario El Cronista:  EL SALVADOR NOS DECLARA LA GUERRA! Y como subtitulares: ¡aviones bombardean ciudades de Choluteca, santa Rosa de Copán y Ocotepeque!

 ¡Ortega no lo dudó ni un segundo, ordenó al operador de turno que le pusiera las fanfarrias de una marcha militar escandalosa para anunciar noticia de última hora… ¡Ultima hora; última hora! ¡Atención oyentes de noti prensa!… ¡OTRA VEZ EL SALVADOR DECLARA LA GUERRA A HONDURAS!! ¡Población de Choluteca debe organizarse nuevamente para defender la patria! ¡Ultima horaaa, gritaba! El operador de turno, Elías Pacheco, estaba presto a una señal subir y bajar el volumen de las fanfarrias, cuando asustado alcanzó a decirle apretando perilla para poner fuera del aire el informativo, lo siguiente: - ¡Don Carlos, pero la guerra ya terminó! Fue el 14 julio ¿no se acuerda? Si fuera verdad ya nos hubiéramos dado cuenta de los bombazos ¡- Y estamos en noviembre!

El radio periodista de barriga abultada, sin creer lo que estaba sucediendo, abrió sus enormes ojos saltones y reparó en la fecha de divulgación del periódico de donde se había inspirado para gritar su primicia. Debajo de la cabecera del nombre del periódico, pudo leer una fecha vieja: 15 de julio 1969. Tegucigalpa, Honduras. Alguien había puesto en encima de la rimera de periódicos, una edición de casi 5 meses atrás que tomó a lo bruto, sin reparar que era un periódico para olvidar.

- ¡¿”Quién fue el hijuelagranputa que me hizo esto”!- gritó con una cólera casi asmática y corrió por todo el edificio buscando al culpable.  

Unos silencios brutales en rostros asustados inundaron la radiodifusora que estaba situada en el segundo piso de un edificio del Profesor Francisco Martínez Landero, en la entonces polvorienta sultana del sur.

A punto de cumplir 53 años de aquel suceso, para ser más exactos, el 27 de octubre de este año, recordamos esta anécdota divertida con David Pastrana, que, en aquellos años, apenas un cipote, ya formaba parte del personal de planta y practicaba locución de comerciales, con su voz entre niño y adulto, para los informativos de Guillermo Arias y el propio Ortega.

Pastrana, el amigo leal. El vivo retrato de la amistad sincera   y generosa que se transpira por todos los poros en la gente del sur de Honduras, acaba de morir. Se nos fue el 30 de octubre con un fulminante ataque de su propio corazón. 

Murió en paz; se desvaneció en su silla mecedora de madera mientras platicaba fraternal y cálidamente con su familia en el corredor de su casa.

  El día que hablamos por teléfono, al recordar la ocasión en que Ortega casi muere de la cólera por la “pasada” que le hizo algún travieso de la radio, al ponerle un periódico gastado en su mesa de noticias, alcanzamos a preguntarle: David. Aquí entre nos, ¿verdad que vos fuiste el que le puso al pobre, aquel periódico viejo en su mesa del radio periódico? Como respuesta, al otro lado del auricular, Pastrana locutó un sonora y espontánea carcajada imposible de olvidar.

Imposible olvidar, también, lo que nos ripostó como rayo: - ¡Vos fuiste lépero!       


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