Por: Roxana Vásquez*

“Ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y este enemigo no ha dejado de vencer.” — Walter Benjamin, Tesis sobre la filosofía de la historia, 1940.

 

Esta frase de Benjamin me ha llevado a reflexionar en torno al momento actual del país. Este filósofo era un marxista no-ortodoxo que criticó fuertemente el materialismo histórico hegemónico de la izquierda de aquel momento. Su pensamiento estaba arraigado en el judaísmo, no únicamente como una religión, sino como una episteme; es decir, una atmósfera cognitiva e interpretativa de la realidad. El pueblo judío, como sabemos, ha sufrido una persecución histórica (inclusive muchos siglos antes del nazismo) que probablemente sirvió de antesala al racismo moderno. Uno de los factores que influyó en el sentimiento antisemita, fue la visión inclusiva y plural que esta episteme tiene con respecto a la historia.

Paralelamente al pensamiento indígena, el judaísmo cree que la historia debe ser interpretada como una multiplicidad de visiones que merecen ser contadas. Por eso el Talmud, uno de los textos sagrados de esta religión, es una compilación de todas las discusiones rabínicas que fueron dando lugar al judaísmo y más ampliamente a las religiones abrahámicas.

Esta voluminosa recolección de discusiones, debates, e historias, no es una glorificación de los ganadores. Al contrario, este texto contiene también la historia de los vencidos. De aquellxs cuyas luchas y visiones fueron reprimidas. Por eso Benjamin era un crítico del marxismo ortodoxo; se negaba a creer que la historia era el resultado de una ecuación lineal donde el desarrollo de la historia de las sociedades era definido únicamente por las condiciones materiales y las contradicciones de clase. Este pensamiento se negaba a contar la historia desde abajo. Negaba todo lo que quedaba encubierto en su frivolidad lineal.

Menciono lo anterior como un recordatorio de que el pensamiento no-hegemónico, el pensamiento de los oprimidos, el pensamiento de los de abajo es una fuente importante de construcción de horizontes contra-hegemónicos. Y, es por eso, que este filósofo me ha hecho recordar otra historia, una que muchas veces se les niega a los pueblos indígenas, y que yo quisiera que no se le negara a Berta.

Berta Cáceres y la Modernidad de los Pueblos en Honduras

A pesar de que no me autoidentifico como indígena, provengo de una comunidad cuyas prácticas convivenciales están arraigadas en la pesca no-industrial, en el cuidado de los manglares, en el cuidado la vida que se reproduce en el océano, y en la resistencia hacia el despojo territorial. Esto ha producido en nosotrxs unas formas de relacionamiento que nos distinguen de las castas mestizas/criollas dominantes de Honduras. Somos sujetxs racializadxs dentro de un Estado que revitaliza permanentemente sus estructuras de colonialismo interno. Al igual que los pueblos indígenas de Honduras, en Zacate Grande nos enfrentamos con estas estructuras que promueven el despojo y la muerte. Todo esto, resguardando siempre nuestras prácticas comunitarias/convivenciales.

Esta condición mía antes descrita, me permitió conocer de cerca el trabajo de Berta y el COPINH. Ellxs acuerparon nuestra lucha en Zacate Grande; y yo logré aprender mucho de su lucha, su visión, y sus sueños. Cuando asesinaron a Berta, yo seguí trabajando con ella, con su espíritu, con su memoria, y con todo lo que ella representa para mí. El que la hayan asesinado no significa que murió. Al contrario, Berta se multiplicó, y nos ha encontrado ahora en el presente de muchas formas.

 Por ejemplo, nos encontramos a Berta en las mujeres de las periferias de las grandes ciudades que deben correr y esconderse en el trayecto a sus casas para evitar ser asaltadas, violadas, o asesinadas.

Por supuesto que Berta también se encuentra en las luchas del país. Su memoria colectiva es un principio organizativo de esperanza para las organizaciones que defienden derechos y libertades, para los pueblos indígenas que se oponen a los megaproyectos extractivos, para las mujeres trans que se organizan para denunciar el patriarcado que las asesina. Berta se encuentra en cada unx de nosotrxs que luchamos por un proyecto colectivo encaminado a garantizar las condiciones para la reproducción de la vida. Ella, junto a nuestrxs ancestrxs, nos permiten anticipar el tipo de sociedad(es) que queremos, y por las cuales luchamos.

Berta siempre tuvo mucha más claridad de la que yo tengo o llegaré a tener. Sin embargo, nos unen varias experiencias, y compartimos muchos puntos de vista. Ella me hace pensarme y repensarme a diario como quien teje una pieza que no le gusta. Entonces toca deshacerla para así a volver a enhebrar la aguja que la tejió, y empezar a tejer de nuevo. Berta me ha hecho recordar que nosotrxs, los pueblos periferizados, los pueblos racializados, las mujeres indígenas, las mujeres campesinas, y todxs lxs excluidos también tenemos un presente moderno arraigado en nuestro pasado colonial. Si bien es cierto, la modernidad colonial llegó acompañada de violencia y exclusión sistemática; también permitió el despliegue de apuestas organizativas, políticas, y espirituales que han buscado derrumbar el sistema de opresión capitalista, colonialista, y patriarcal. Es el mismo sistema contra el cual ella siempre luchó. Es el mismo sistema que la asesinó.

Berta decía que la opresión a la que hemos sido sometidxs paradójicamente demuestra nuestra fortaleza; considerando todos los mecanismos de aniquilación que han significado aculturación, homogeneización, periferización y muerte. Nuestra fuerza se refleja, entonces, en estar vivxs y organizadxs. Se refleja en esas ganas insaciables de luchar por otros horizontes más justos y menos opresivos. Se refleja también en el acuerpamiento amoroso, cariñoso, y afectivo que nos podamos dar.

Por todo lo anterior, puedo decir que Berta fue una mujer moderna al igual que los pueblos de Honduras han sido modernos; porque han desplegado (y despliegan) su apuesta particular de una modernidad contra-hegemónica. Esta modernidad ha incluido desde esfuerzos organizativos comunitarios de base para la preservación de las culturas no-dominantes hasta el uso de mecanismos internacionales que protegen los derechos humanos. Ha sido toda una colección heterogénea de estrategias que reconocen la importancia de reivindicar nuestros derechos y libertades a partir de la revitalización de nuestro pasado. Ese mismo pasado que nos ha permitido sobrevivir en el presente, que nos permite tejer redes solidarias, y que nos obliga a anticipar nuestros horizontes emancipatorios.

Berta no murió. Ella se plantó en nosotrxs a forma de semilla para recordarnos, entre otras cosas, que los pueblos de Honduras somos capaces de transgredir el abismo. O, dicho de otra forma, nuestra condición de seres modernos nos permite tener una visión histórica de larga duración. A diferencia de los grupos dominantes, nosotrxs no pensamos el país exclusivamente a partir de las crisis contemporáneas. No, nuestras opresiones históricas nos obligan a ver el pasado para pensar el futuro y entender el presente. Berta es esa semilla que obliga a la población a entender que los pueblos indígenas y campesinxs no representamos “atraso”, como muchas veces intentan retratarlo las narrativas racistas hegemónicas. Somos sujetxs modernos con un presente anclado en una historia de luchas, victorias, derrotas, opresiones y conquistas. Precisamente, por eso quería comenzar con la idea de Walter Benjamin, para hacerles saber que nuestras historias merecen ser contadas. Que la historia de Berta en particular será siempre un llamado a la justicia para los pueblos. Y, principalmente, para convencerlos de que el pasado no es algo concluido. Flota sobre nosotros, nos abraza cada mañana, nos seca las lágrimas por las noches, y nos invita a soñar despiertos. Esa es nuestra modernidad: un flujo permanente de actualidad y memoria contrahegemónica.

¿Habrá justicia en Honduras?

La frase inscrita al principio de este artículo me hace reflexionar adicionalmente sobre la sed insaciable de justicia que tenemos. Este hecho concreto de un feminicidio, de un crimen racista/patriarcal de odio pactado por las élites masculinas/mestizas-criollas más miserables de Centroamérica, es decir, las élites hondureñas, nos trastoca todas las categorías. La memoria y lucha de Berta nos obligan a repensar el proceso de exigencia amplio, holístico, e integral de justicia para todxs lxs oprimidxs en Honduras. Las mismas personas que la asesinaron prosiguen atacándola, negándola, y deshumanizándola. No la dejan descansar. Las mismas personas que nos oprimen, que nos persiguen, que nos asedian. No dan tregua.

Y, es que, la vindicación de la memoria de Berta no se agota en las acciones que ya hemos hecho; que, aunque colaboran con el objetivo, siempre nos empujan a más. Pienso que la justicia para el pueblo solo puede llegar a través de nuestra organización crítica, plural, horizontal, amplia, y despojada de ambiciones. Para que el enemigo deje de vencer, nosotrxs debemos de profundizar nuestro pensamiento, nuestras acciones, nuestro quehacer, nuestras formas de relacionamiento. El primer paso que podemos dar en este proceso de apercibimiento de nuestros enemigos, puede ser el reconocimiento de todas las diferencias que existen dentro de nosotrxs. Pasa por reconocer que las herramientas que tenemos a nuestra disposición, tal y como están planteadas, son insuficientes para garantizar justicia y que el enemigo deje de vencer.

Los Derechos Humanos por lo que luchamos, por ejemplo, solo pueden ser universales en la medida en que reconozcamos que hay algunas personas y grupos de personas en Honduras (y en el mundo entero) que no son consideradas humanas, y, que, por tanto, no tienen materialmente acceso a derechos. O que el concepto de ciudadanía no es igualitario para todxs: hay ciudadanxs de primera clase y están los “otrxs”, los ciudadanos de segunda clase. Lxs primerxs pueden ir a una Corte o un Tribunal y exigir el respeto de sus derechos contemplados en un Código o en una Ley. Pueden exigirles transparencia a los jueces y magistradxs. Lxs segundxs son avisados con posterioridad que serán desalojadxs porque algún juzgado ya declaró sus territorios propiedad de alguien más, propiedad de los ciudadanos. Los conflictos de los ciudadanos, entonces, son gestionados por medio del derecho y de las negociaciones políticas; en cambio, nuestros conflictos, los conflictos de los “otrxs”, de lxs no-humanos, solo saben ser resueltos con violencia, despojo, y opresión.

Tanto así, que, durante el juicio contra los asesinos de Berta, para garantizar que no salieran libres, tuvo que organizarse el COPINH de manera permanente exigiendo justicia. Tuvieron que venir observadores internacionales, embajadores, diplomáticos, y expertos en temas de DD. HH. para garantizar cierto grado de transparencia y publicidad del proceso. Resulta, que los acusados sí son ciudadanos ante el Tribunal, y las víctimas no tanto. David Castillo Mejía ha tenido derecho a más de diez recursos dilatorios para frenar el juicio en su contra, mientras que la familia de Berta no tuvo, inicialmente, ni siquiera la oportunidad de estar presente en el juicio.

Así las diferencias en Honduras, la de allá y la de acá, no es una simple frase. Engloba toda una materialidad que nos domina y nos somete. Por eso la importancia de que todxs los sectores opuestos a la atmósfera de injusticias en que vivimos, nos organicemos bajo el entendido que Honduras no es homogéneo, que aquí hay una multiplicidad de nacionalidades e identidades que conllevan opresiones y privilegios. Esa quizá es la lección más importante que me ha dejado toda la experiencia de trabajar con Berta, me hizo comprender que nuestros derechos como pueblos oprimidos, son en realidad conquistas políticas. Y, que para, poder ejercerlos libremente, debemos de luchar para crear las condiciones materiales en que puedan desarrollarse sin impedimentos.

Esto nos garantiza que la justicia no sea únicamente un reconocimiento formal en alguna convención, tratado, o ley. Si no, un reconocimiento político y colectivo que permita que nuestros derechos y libertades sean tangibles, accesibles, y posibles. En la medida en que reconozcamos que existen desigualdades vamos a ir acercándonos a la justicia como garantía de que el enemigo no seguirá venciendo. Es un principio para poder honrar la memoria, lucha, y vitalidad de nuestrxs ancestrxs.

 

* Feminista defensora del territorio y los bienes comunes, estudiante de periodismo, comunicadora social. Miembra de la Asociación por el Desarrollo de la Península de Zacate Grande (Adepza). Escribe sobre el entramado colonial, capitalista, y heteropatriarcal que opera a escala planetaria. En particular, con un enfoque interseccional en las opresiones de las poblaciones racializadas.


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