Por: Karla Lara

Incendian la montaña La Tigra, ahí donde la gente se ha organizado para luchar y defender su tierra, su agua, su vida. Ahí donde la mayor parte de la gente, la que siempre ha vivido ahí, ha sido desde que la minera y otros males y malos gobiernos han pasado, gente pobres de dinero, ricos en la frescura de su clima, exuberante su naturaleza, generosa la tierra en el fruto con el que nos alimenta, ahí hay todo lo que los ricos de dinero no tienen, pero que tampoco aprecian, porque en su soberbia ignoran todo lo importante y necesario de la vida, porque el agua solo la conocen en botellitas de plástico importadas, en llaves donde sale hasta caliente, en piscinas cloradas, desconocen la caída leve de una cascadita de agua arremolinada entre piedras en el pozo de un río, lo fresca que sale de un nacimiento, pura y hasta con sabor dulzón.

Los ricos de dinero creen que la tierra es sucia, que quienes la siembran son ignorantes y cochinos, que las mujeres del campo paren hijos por el mezquino delirio de un peón sin pago, mientras ellas no amamantan los suyos para que la cirugía sea lo único que les levante la flacidez de sus pechos blanquecidos.

La gente rica de dinero y la que teniendo algo de formación académica y colocada laboralmente en la misma academia, la empresa o gobierno, vio tanta tele y publicidad que se comporta y “sacrifica” para alcanzar el modelo de vida de la gente rica de dinero: se endeudan, aparentan, les gusta el aire acondicionado y postear en sus redes sociales que es linda la naturaleza el día de la tierra, les gusta hacer sus compras en lugares “seguros” y si son climatizados muchos mejor, porque en algún anuncio comercial aprendieron que eso de transpirar es asqueroso, les gustan las zanahorias bien grandes y anaranjadas, las carnes bien rojas, la comida frizada y los vegetales enlatados, odian esos tumultos de gente de los mercados “que asco, que sucio, que calor, ahí solo hay ladrones, qué de naco comprar flor de izote para hacerla con huevo”.

La gente rica de dinero quiere que la gente que quiere aparentar ser rica de dinero, y aún la empobrecida por su explotación, adopte como modelo único de vida ese sanitizado, aromatizado, climatizado, adornado modelo, desprovisto de olor, color, sabor, pertenencia, sentido, identidad, origen, todo lo que si representa la gente rica en bienes comunes y de la naturaleza.

Queman los mercados para imponer su forma de vivir como la buena y como la única, donde la dueña de un puesto del mercado que hoy perdió todo, mañana sea la empleada del supermercado de una transnacional que ahí mismo construirán, queman el cafetal de la cooperativa en San Juancito para que la gente que producía bajo ese modelo colectivo se conviertan en el brazo laboral barato del agronegocio que ya advirtió el Dictador entregará a alguna transnacional.

Queman la montaña donde siembran las flores las mujeres del Piliguín para expulsarles de una tierra que les pertenece porque han nacido y crecido en ellas, cuidado de ellas, evitado incendios, cuidado sus fuentes de agua, porque la gente pobre de dinero aprecia lo que para ellos es chuco y asqueroso: el lodo que se hace cuando el agua bendice la tierra, el chancho que engordan, la vaca que da leche y su caca que es abono, el catre donde hacen el amor, la hamaca que bordaron sus abuelas, el cafecito de palo que cultivan ellas, eso que en palabras enredadas nombramos como soberanía territorial y alimentaria.

Queman la montaña La Tigra, sus cafetales, sus flores, queman el mercado porque quieren acorralarnos, para pagarnos cada vez con mas miseria el habernos despojado de la tierra, del puesto, del sembrado que nos quita el hambre. Les pudre que seamos dueñas de algo, se dieron cuenta que el agua de la piscina clorada venía de una fuente cuidada por otras y otros que son los legítimos propietarios, hay que sacarlos de ahí y desesperadas será mejor abaratará en el mercado el precio de su fuerza de trabajo, la montaña va a estar mejor sin gente chuca, que bajen los indios, las indias también, pero no van a venir a ser locatarias de un mercado, noooo… van a ser las empleadas mal pagadas del mercado moderno del que los Asfura, los Midence, Soto, Pirrefeau, Atala, Facusse y otros avariciosos ladrones y narcos, van a ser los dueños.

Queman las montañas, queman los cafetales, queman los mercados pero incendian nuestras mentes, no se dan cuenta… las llamas van a alcanzar sus casas de El Hatillo, su comodidad de plástico, su miseria humana de gente rica de dinero porque a su miserable intento nosotras responderemos con lo que siempre nos ha pertenecido, lo que nunca les vamos a entregar porque es el secreto de nuestro tesoro vivo: el incendio de nuestros corazones y cuerpos aguerridos.