Por: Anarella Vélez

Desde la antigüedad la humanidad ha registrado diferentes eventos que la han azotado, enfermedades que se han propagado velozmente y que han adquirido carácter de epidemias o pandemias, que han producido gran mortandad. Se las ha conocido con el genérico de pestes. 

Entres las primeras  plagas que arrasaron el mundo griego fue la peste de Atenas (428 a.C.), narrada con pormenores por Tucídides –el padre de la historia en el mundo occidental– conocida como la Peste de Agrigento (406 a. de n.e.); la de Siracusa (396 a. de n.e.) así como de la Peste Julia (180 a. de n.e) y de la famosa Peste de Egina, mencionada por el poeta Ovidio en su obra “Metamorfosis”. 

En la Biblia también se encuentran algunas de las primeras menciones de la peste. En el Antiguo Testamento, en Éxodo (9,5) puede leerse: “Jehová dijo a Moisés y Aarón: Coged puñados de ceniza de horno y espárzala Moisés hacia el cielo a la vista del Faraón y se convertirá en polvo menudo en toda la tierra de Egipto de lo que resultarán tumores apostemados así en los hombres como en las bestias” y ya se sugiere y justifica el uso de la guerra bacteriológica.

El imperio romano también sufrió los embates de la peste. Marco Aurelio fue victima de la primera epidemia, evento en el cual  llegaron a fallecer en el siglo III a. de n.e., cerca de 5.000 personas al día en la ciudad de Roma. 

Entre el siglo VI y el XIX, sucedieron diferentes epidemias en Europa, sobresaliendo entre  ellas, la de 1347 a 1350, en la cual en un lapso de casi tres años una pandemia de “peste negra” (peste bubónica) mató a por lo menos un tercio de la población europea (25 millones). En contraparte en la historia de Mesoamérica, se ha descrito que millones de personas murieron  a consecuencia de las múltiples pandemias que azotaron esta región, particularmente la viruela, la cual fue  trasladada al  hemisferio por los conquistadores españoles y también fue usada como instrumento de guerra bacteriológica. 

La llegada de los españoles a Mesoamérica significó el espistemicidio de diversas civilizaciones originales, que de forma singular y aislada de la interacción dialéctica entre África, Asia y Europa, elaboraron sus propias concepciones de mundo, Estado, escritura, idiomas, arte, alimento, educación, filosofía, etc. En el proceso de conquista, la “guerra biológica”, debilitó a los distintos imperios (señoríos) indígenas. 

Sin lugar a dudas, las grandes epidemias ha influido en la Historia de la humanidad, y estamos asistiendo a una nueva crisis mundial, de las más severas de los últimos tiempos, estimulada por la pandemia del Covid-19. Aún está por develarse el impacto en nuestras sociedades, en la economía, en la política como en las ideologías que intentan explicar la coyuntura.

Es evidente que la pandemia ha puesto en cuestión los modelos económicos y políticos por su incapacidad para responder a la crisis de salud generada por el covid-19, la ciudadanía debe comenzar a practicar la solidaridad y la sororidad ante esta catástrofe mundial, debemos reflexionar acerca de la situación de las minorías vulnerables como es el caso de las mujeres.

Las mujeres desde hace milenios han trabajado desde el hogar y se han ocupado de los cuidados de los enfermos, sin embargo, en los siglos más recientes han iniciado una andadura que las ha llevado hacia los espacios públicos, con lo cual ha adquirido un doble rol social que la expone aún más a las consecuencias de una nueva pandemia y a las consabidas dificultades económicas y sociales generadas por un coronavirus mal manejado por el Estado. 

Desde las ciencias practicadas por feministas se analiza la situación social creada por este virus y desde su seno ha surgido una mirada diferente, ética y sororaria sobre esta problemática. Nos plantean que  esta es una oportunidad única para nuestros pueblos, ya que la crisis adquiere rasgos específicos por el estado patriarcal imperante. Nos están invitando a recapacitar acerca la necesidad urgente de repensar la salida, la construcción de una sociedad alternativa en la que se pueda dar vuelta a las relaciones de inequidad y desigualdad que impone el neoliberalismo en el mundo occidental. Debemos –dicen—forjar conciencia en la ciudadanía acerca de que el capitalismo nos ha llevado a la crisis actual debido a la privatización de las instituciones que deben garantizar los derechos de acceso equitativos e igualitario a la salud. 

Una mirada de género a las condiciones que viven las mujeres y las niñas que trabajan en el sector informal revelan que ellas están especialmente afectadas pues son removidas de sus lugares de trabajo. En el caso de  permanecer –obligadas por la extrema pobreza– en ellos se convierten en un blanco para ser afectadas por el virus y contaminar a las y los que se mueven a su alrededor.

Cuando estas trabajadoras regresan a sus hogares asumen el peso de los trabajos propios del cuidado doméstico y  sufren la violencia machista creada por el clima propio de las condiciones que crea la cuarentena (por consiguiente es urgente asumir una actitud crítica frente a la cultura que normaliza la violencia machista, por ejemplo, los memes que promueven la violencia contra las mujeres en cuarentena). 

Por otra parte, a las mujeres se las considera fundamentales en la gestión de la respuesta a la crisis, pero no les aportan los recursos suficientes para responder a las necesidades que surgen de la escasez de bienes  que aflora en estas condiciones socioeconómicas, durante y después de la crisis, particularmente cuando los riesgos de violencia doméstica se elevan en momentos de precariedad material.

Debemos preguntarnos qué se está haciendo para prevenir la violencia doméstica, qué se está haciendo para garantizar el acceso a la salud sexual y reproductiva con las restricciones que enfrentan debido a la pandemia del covid-19. Estas circunstancias se prestan para profundizar problemas como el de violencia de género, el trafico de las niñas, la explotación y el trafico sexual, por ello se deben adoptar medidas para impedir el incremento de estas opresiones y emprender el camino hacia su anulación.

Se debe asumir una visión de género, con una mirada feminista, las propuestas que lleguen a las y los tomadores de decisiones nacionales y locales. Tomar especial cuidado para aquellas personas que trabajan en el sector del cuidado de la salud, particularmente a las mujeres, para que ellas se sumen a sus comunidades y busquen todas y todos la coordinación para reaprender a auto controlarnos y auto disciplinarnos y, en consecuencia, volver a movernos con libertad en los espacios abiertos. 

En esencia –y de manera urgente– la sociedad debe adoptar de la teoría feminista el concepto de la sororidad a fin de transformar de manera profunda nuestra praxis, para que las relaciones sociales de ética y estética que las mujeres han desarrollado se generalicen ya que esta enfermedad ha puesto en el escenario la necesidad impostergable de establecer un sistema de salud de alcance global que a la vez reconozca las especificidades de las necesidades de las mujeres. Solo así se garantiza el cambio que la humanidad necesita, que urge en nuestra Honduras.