Por: Milson Salgado

La crisis que ha provocado la pandemia del CoVID-19 ha desnudado la parte más oscura del ser humano, lo más deleznable, lo más siniestro, lo más vomitivo, y ha puesto en el fiel de la balanza de la ponderación de bienes axiológicos, lo lejos y lo menguada que está la vida y la salud del ser humano, frente a la categoría del lucro que constituye por sí mismo, la brújula que dirige este barco en naufragio llamado civilización.

Eso en verdad ya lo sabíamos, pero no creíamos que ante una sociedad virtualmente informada a nivel mundial, se atreverían a no prevenir la propagación de un virus que acabaría con los más vulnerables, y vindicar un sistema económico y estructural de recortes sociales que necesita un rescate de las pensiones, y las jubilaciones, y respirar el aire puro de los recursos frescos de los estados deudores con el sistema de Bancos Centrales del mundo.

No sería arriesgado ante el cumulo de antecedentes históricos y de contextos socioeconómicos confluyentes actuales que Estados Unidos haya sido el culpable de la propagación del virus. Los experimentos de EE.UU. con armas biológicas se remontan a la distribución de mantas infectadas con gérmenes del cólera entre pueblos indígenas de Norteamérica en la década de 1860. En 1900, médicos del ejército de EE.UU. infectaron en Filipinas a cinco prisioneros con una variedad de plagas y 29 prisioneros con Beriberi.

En 1915, un doctor cuyo trabajo estaba financiado por el gobierno, expuso a 12 prisioneros en Mississippi a la pelagra, una enfermedad que produce discapacidades al atacar el sistema nervioso central.

El ejército también usó gas mostaza para reprimir manifestaciones anti-EE.UU. en Puerto Rico y las Filipinas en las décadas de 1920 y 1930. En 1931, el Dr. Cornelius Rhoads, quien entonces trabajaba para el Instituto Rockefeller de Investigaciones Médicas, inició sus espantosos experimentos con cáncer en Puerto Rico, inoculando células cancerígenas en docenas de personas -que desconocían por completo la naturaleza de los experimentos. Al menos trece de las víctimas murieron.

Posteriormente, Rhoads dirigió la división de Armas Biológicas del Ejército de EE.UU. y formó parte de la Comisión de Energía Atómica, donde supervisó experimentos con radiaciones realizados con miles de ciudadanos estadounidenses. En memos al Ministerio de Defensa, Rhoads expresó su opinión de que los disidentes de Puerto Rico podrían ser «erradicados» con el oportuno uso de bombas bacteriológicas. En 1942, médicos del ejército y de la armada de EE.UU. infectaron con malaria a 400 prisioneros en Chicago, un experimento diseñado para obtener «un perfil de la enfermedad y desarrollar un tratamiento contra ella».

La mayoría de los presos eran afroamericanos y ninguno recibió información sobre los riesgos que corrían. Estos experimentos con la malaria en Chicago fueron invocados en la defensa de médicos nazis en el juicio de Nuremberg. Al finalizar la II Guerra Mundial, el ejército de EE.UU. contrató al Dr. Shiro Ishii, jefe de la unidad de guerra biológica del Ejército Imperial de Japón. El Dr. Ishii había empleado una variedad de agentes químicos y biológicos contra tropas chinas y de los aliados.

También manejaba un importante centro de investigación en Manchuria, donde se realizaban experimentos con armas biológicas usando a prisioneros de guerra chinos, rusos y estadounidenses. Ishii infectó a los prisioneros con tétanos; les dio tomates contaminados con tifoidea; infectó pulgas con plagas; inoculó la bacteria que produce sífilis en un grupo de mujeres; realizó disecciones en prisioneros vivos; e hizo explotar bombas bacteriológicas sobre docenas de hombres estaqueados.

 Como resultado de una negociación con el General Douglas MacArthur, Ishii le entregó al ejército de EE.UU. más de 10.000 páginas de sus «datos investigativos», eludió un juicio por crímenes de guerra y fue invitado a dar una conferencia en Fort Detrick, el centro de armas biológicas del ejército de EE.UU. en Frederick, Maryland. Recuerdo como el gobierno de los Estados Unidos a principios de los años 40s del siglo XX contagió con Sifilis a poblaciones rurales de indígenas en nuestro hermano país de Guatemala.

Sin embargo, creíamos que la guerra comercial existente entre estos dos imperios, el chino y el estadounidense no desataría este caos sanitario con el propósito de ganar el pulso por el dominio del comercio mundial. Los objetivos de una presunta inoculación del virus están a la vista, y son paradójicamente palmarios. Las víctimas salvo marcadas excepciones son selectivamente las personas mayores. Estas que por la dieta mediterránea, el vino tinto y el aceite de Oliva llegaron a la longevidad.

Estos mismos que con los planes de control de natalidad en los años 70s del siglo XX fueron austeros, y siguieron las recomendaciones de la planificación mundial, que los llevó a procrear un solo hijo, y hoy, la misma planificación siniestra del sistema económico, les pasa la factura bajo el rasero de esta eutanasia inoculada.

La pandemia han resaltado otra verdad, y es que bajo los sistemas que se amparan en el neoliberalismo, las inversiones en salud han sido menores porque las prioridades no son la salud y la educación, sino lucrativas en la producción y las militares para salvaguardar aquellas; y es más estas naciones llaman a estos renglones del presupuesto; “gastos” y no “inversión”.

Esto se ha traducido en que los países socialistas que le han apostado a la sanidad, a la investigación de la medicina para tratamiento humano y a la profesionalización de sus médicos sean ahora los verdaderos héroes, aquellos que no tienen ni una capa azul ni roja como Superman y el Capitán América, pero si salvan a la humanidad, como no lo hace Estados Unidos, que si salva pero a las empresas, tal como lo anunció la semana pasada el presidente Trump que iba inyectar una cantidad millonaria en la bolsa de valores para salvar la baja.

A Cuba, esta Isla tropical aparentemente distraída en el mundo del ocio, de la distracción y el entretenimiento del trópico, el mundo le debe mucho. Estos hombres y mujeres de blanco que no los “Men in Black”, son los arquetipos de la verdadera evolución humana. Los verdaderos hombres y las mujeres de la solidaridad, los verdaderos hombres y las mujeres del amor al prójimo, los verdaderos hombres y mujeres del bien común. Los otros, los que hablan de crecimiento económico y armas nucleares son trogloditas vestidos de civilidad, pero con una conciencia de harapos. Son psicópatas atrapados en mañas de piratas y bucaneros del siglo XVI Y XVII, que hoy asaltan con mayor legalidad bajo los presupuestos de una plusvalía que ni siquiera ya es categoría crítica para nombrar el despojo. Como seres humanos nos duele lo que sucede en Italia y España.

Lo que sucede incluso en Estados Unidos con nuestros hermanos estadounidenses, víctimas incautas de su propio régimen que trivializa en su territorio la gravedad de la pandemia. Sería estupendo mandar un fuerte y enérgico reproche moral a esta potencia mundial como cuando se concitaban los famosos tribunales morales como el Tribunal Rusell, y otros que condenaban a los culpables de las crisis políticas y atmosféricas, pero ello sería en vano porque estos seres inhumanos ya tienen la piel curtida de capas de cocodrilo, y caparazón de tortugas galápagos. Porque estos extraterrestres del alma igual seguirán haciendo guerras cuando lo deseen.

Asesinarán cuando les venga en gana, y nombrarán a enemigos cuando ya no tengan con quien pelear, y usar sus armas que se oxidarían en sus hangares, y la industria militar con sus inversiones millonarias para ser usada en el cuerpo humano “es para ya”. Con estos matarifes profesionales hasta el mismo Dios se siente impotente, porque el diablo su antiguo contendor es un ángel inofensivo frente a los juegos macabros de estos monstruos, hijos de Mammón.

 Es sintomático como frente a la mortandad que ha causado la enfermedad en Europa, Estados Unidos despliegue un contingente de 30 mil soldados a Europa para ejercicios militares relacionados con los planes de seguridad de la Otan. La realidad siempre es velada bajo la expresión de la propaganda y los mass media. Estados Unidos el creador del Estado Islámico, es el mismo que pregonó que había ganado la Segunda guerra Mundial, cuando fue la Unión Soviética que hizo morder la nieve de la derrota en Petrogrado a los Alemanes.

Estados Unidos perdió la guerra de Vietnam pese a que nos querido imponer a fuerza de celuloide que ellos la ganaron. Perdieron la guerra contra Sandino en Nicaragua, y hoy pretenden culpar sobre la existencia del virus a China. Para estas cuantos países que dominan este mundo, todo se reduce a la mercancía y al lucro, y la vida humana es un lujo que no deben tener todos, especialmente si estos representan una carga económica para estos sistemas cuyos índices están también secuestrados bajo la lógica de la super producción demencial. Esta es sin dudas la selección natural de Charles Darwin puesta en el tapete de la sanidad mundial. Estos escenarios grotescos de aislamientos sanitarios son los campos de exterminios nazis que selectivamente se instauran para medir el nivel de resilencia de la humanidad.

Esta supuesta jugada de mercado bajo el prisma de lo biológico subirá las rentas de las empresas, y de los corredores de bolsas que le apuesten a la nueva vacuna que será la panacea del mesianismo frente a esta catástrofe, y paradójicamente quienes mandaron la peste mandarán el alivio, para que nos persuadamos “que el que tiene poder para enfermarte tiene el mismo poder para la cura”.

Los que siempre han hablado del ejemplo que representan los Estados Unidos en el mundo, deberían de replantearse de una vez por todas de la negligencia de estos indolentes, y no alargar la agonía de esta verdad absoluta, quienes son los verdaderos enemigos de la humanidad. Los que ufanos celebran su democracia republicana tendrán que percatarse de que esta siempre ha tenido las manos manchadas de sangre, antes, con la avanzadilla de los bucaneros y expansionistas de oficio, y ahora con las operaciones off-shore y guerras de baja intensidad y de mucha temperatura.

Los países atados al dominio de las barras y las estrellas debemos enterarnos que nuestro destino es de muerte, y a menos que se levante la conciencia de la humanidad entera, y creamos en nuestras propias capacidades de resistir, y de afrontar con nuestras manos procesos de creatividad y proyectos humanos coherentes con el destino del planeta y su biodiversidad, seremos eternamente las víctimas de los planes macabros de estos piratas del espíritu humano, que tan pronto como se ponga el sol vespertino de esta pandemia, levantarán en la aurora boreal de su resurrección, la recuperación de las empresas multinacionales por parte de los mismos Estados, y plantearán como lógicas trasuntadas de anacronismo la reducción de los empleos, la precariedad de los trabajos, y nos sumergiremos en una crisis peor aún que la causada por la Depresión de 1929 en Estados Unidos.

La economía no padece de pausas, y este pasaje estacionario prologado y facilón de las empresas a nivel mundial, crea suspicacia y grandes dudas en torno a que puede indicar que la pandemia simplemente es la excusa para salvar a las más representativas empresas, que antes de ella ya estaban en la bancarrota.

Enfáticamente lo establece por medios aún no autorizados el estadounidense y Lingüista Noam Chomsky, que la guerra bacteriológica contra China era para parar la aceleración desmedida de su economía. Sin embargo, tampoco debemos ver esta guerra desde una perspectiva ideológica, porque China sigue siendo capitalista y de controles distópicos y autoritarios que se esfuman en una colectividad sin nombres y sin rostro aunque predique a Carlos Marx, y mande a restaurar periódicamente su estatua en Tréveris, le apuesta igual a la misma matriz extractivista que le ha hecho tanto daño al planeta, y que en Honduras causó la muerte de la líder indígena Bertha Cáceres. Ante este panorama tan desolador la mayor verdad ha salido a la vista.

Los pobres y los vulnerables del mundo no importan a nadie más que a los gobiernos socialistas y Cuba nos ha convencido de ello. La solución está pues en nuestras manos. O nos quedamos apagando fuegos tras fuegos que nos impongan los planes incendiarios del capitalismo trasnacional, o nos sumamos a la conciencia mundial para cambiar el paradigma de esta matriz de vida que nos han impuesto a fuerza de las armas, y de votos que hoy en la actualidad se defraudan. El destino de la humanidad del planeta está en nuestras manos.

Los pobres -pero como lo poetizó nuestro aeda Roberto Sosa- podemos destruir el aire como aves furiosas, nublar el sol/Pero desconociendo sus tesoros entran y salen por espejos de sangre/caminan y mueren despacio. Nublemos el sol de sus bonanzas económicas, y el aire pestilente de sus virus que nos inoculan, y unámonos pobres del mundo que no tenemos nada que perder más que nuestras propias cadenas a la que nos hemos acostumbrado


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