Por: Víctor Manuel Ramos

Ambu (del inglés Airway Mask Bag Unit) es la marca de un balón de respiración mecánica manual: también conocido como resucitador-manual o bolsa-autoinflable. Sirve para, con una mascarilla facial o con un tubo en la tráquea, proporcionar ventilación con presión positiva a un enfermo que no respira o que está respirando con dificultad por cualquier causa que provoque insuficiencia respiratoria. Este aparato se maneja con las manos y permite, al apretarlo, llevar aire u oxígeno, a los pulmones. Se trata de un aparato para ser utilizado en situaciones de emergencia y por mientras el enfermo es conectado a un respirador, llamado también ventilador automático. Como ya habrán deducido, el aparato no se llama Ambu, sino balón de respiración.

Existen en el mercado muchas marcas, pero fue el nombre de la marca Ambu la que se popularizó e hizo que, por extensión, el balón pasara a conocerse, en el ámbito hospitalario con este nombre: Ambu. De esa denominación de derivó el verbo “ambucear” para designar la acción de los estudiantes de medicina que ventilan en condiciones infrahumanas y torturantes a un enfermo con un balón de respiración.


En el Hospital Escuela y en los hospitales en donde los estudiantes de medicina hacen sus prácticas de internado este aparato debe ser odiado porque “ambucear” es una práctica muy frecuentísima a que los obligan, con un balón de respiración o Ambu, para ventilar, durante largas horas diurnas o nocturnas, situación que les provoca fatiga que, en muchas ocasiones, les lleva al cansancio extremo a tal grado que terminan durmiéndose con la consecuente muerte del enfermo. A “ambucear”.


Todo esto porque en los Hospitales del Estado no hay ventiladores automáticos –existen en el mercado desde los sencillos hasta los sofisticados-. Esa es una carencia de muchas décadas. Hubo un tiempo en que había algunos (dos o tres color verde, los recuerdo, que trabajaban sin electricidad) en la recuperación quirúrgica del San Felipe. Esos aparatos se arruinaron, nadie los reparó y fueron a parar en los basureros. Tampoco fueron sustituidos.


Como consecuencia de la falta de los ventiladores, las autoridades hospitalarias, con el silencio cómplice de los decanos, acudieron a los estudiantes de medicina para someterlos a esa práctica torturante: “ambucear”, práctica que, repetiré, es sumamente fatigante para el estudiante y de alto peligro para el enfermo pues, si el estudiante se fatiga y deja de ventilar porque se duerme, el enfermo podría fallecer, como en efecto creo ha ocurrido en innumerables veces. He oído protestas de algunos familiares que acuden a denunciar al médico practicante si lo pillan sin estar aprieta y afloja el balón de respiración, cuando lo que deberían de hacer es ofrecerle apoyo y ayudarle a “ambucear” por un rato, mientras se recupera el fatigado, porque tal práctica no tiene dificultad ninguna como para que no la pueda asumir un pariente con la vigilancia del médico practicante.


Con mucha sorpresa, veo y oigo ahora, con motivo de la emergencia provocada por el coronavirus que nos tiene manos arriba, como muchos personeros que han tenido en sus manos la conducción de estos hospitales se quejan de que los hospitales del sistema nacional de salud no cuentan con ventiladores, sin que ellos recuerden que mientras actuaron como directivos en cualquier nivel en el sistema de salud, no fueron capaces de presionar para resolver esta carencia imperdonable. Mas ahora quieren aparecer, sabihondos y autosuficientes, señalando lo que no resolvieron en su tiempo. Se lavan las manos impunemente. No faltará un “meme” en que se diga que a estos exfuncionarios no les atacrá el coronavirus porque saben lavarse las manos perfectamente.


En el Hospital Hermanos Ameijeiras, en La Habana, en donde hice mis estudios de anestesiología, reanimación y dolor –aquí recuerdo a mis maestros Idoris Cordero, Manuel Rivero, Jorge Yera y muchos más-, cada paciente que salía del quirófano era conectado a un ventilador hasta que se recuperaba completamente y readquiría la capacidad de mantener la respiración por su propia cuenta. En la Sala de recuperación, la extraordinaria dra. Gissella Martínez, con el apoyo de uno o dos residentes, más un sinnúmero de enfermeras especializadas, vigilaba estrictamente a los pacientes para atender sus demandas en la etapa crítica de la recuperación. En la Sala de Terapia Intensiva había un ventilador de alta sofisticación para cada cama. Cada paciente era vigilado permanentemente por una enfermera especializada –una por cada enfermo-, por un residente de anestesia o de cuidados intensivos y por los médicos de la sala, incluido el Jefe.


Después de casi treinta años, los hospitales de Honduras, públicos y privados, carecen de ventiladores. Los ilustres directores y Jefes de las Salas resolvieron el problema con los estudiantes: los pusieron a “ambucear”. No tuvieron las agallas de exigir al gobierno que cumpliera con sus obligaciones fijadas en la Constitución. Eso era riesgoso, ponía en peligro la chamba. Muchos ahora disfrutan sus jubilaciones inmerecidas.

No se libran de esta irresponsabilidad los Decanos de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNAH que aspiraron a ese noble puesto solo para tener la posibilidad de despedir adversarios y enchambar a compinches ligados a la “mancha brava”; muchos de ellos lograron sus puestos corrompiendo a los miembros delegados estudiantiles electores con mesadas en dinero. Recuerdo a un decano que me confesó, en su despacho que no merecía tales deshonestos, que mensualmente acudían al decanato los diez estudiantes electores a recibir 1000 lempiras, cada uno, durante su decanato, suma a la que se comprometió a cambio de que lo eligieran en el digno y honorable puesto de Decano de la Facultad de Ciencias Médicas.

A mí me quiso sacar a empellones de la Jefatura del Departamento de Morfología simplemente porque no era afín a sus corruptas actuaciones ordenados por un leguleyo que salpicaba latinajos desde la Rectoría. Vergonzoso, realmente, para un educador. Estos decanos nunca se preocuparon por las condiciones en que se desempeñaban sus alumnos en los hospitales ni plantearon transformaciones radicales en la enseñanza, ni en sus metodologías, ni en la actualización de los planes de estudio de conformidad con los avances de la Ciencia Médica. Con esa práctica del “ambuceo”, algunos enfermos seguramente han muerto, no estoy seguro pero eso es lo previsible, y varios muchachos cargarán durante sus vidas la angustia de no haber podido mantener sus ojos abiertos para salvar una vida.


Durante estos treinta años, a los que me refiero, el gobierno ha tenido recursos para comprar armas, barcos de guerra, construir cuarteles, bajar la testa ante el amo extranjero, reelegir a un perverso en la OEA (Ministerio de colonias de USA), convertirse en uno de los países que dedica gran parte importante de su presupuesto para la guerra –sin ninguna justificación porque no tenemos enemigos externos que nos ataquen- en una lista de países con mayor desarrollo que el nuestro. Todo esto porque nuestras relaciones exteriores no están interesadas en hermanarnos con los antiguos países de la Federación para reconstituir el ideal grandioso de Francisco Morazán de ser un solo país, cinco dedos de un solo puño.


Ahora el gobierno ha corrido a comprar ventiladores. Una comisión ha salido para adquirirlos en el mercado extranjero, pero, tal lo afirman las noticias y las opiniones de los expertos que trabajan en el Hospital, han adquirido aparatos inútiles. Asumimos que la Fiscalía aclarará este delicado asunto a los hondureños. Esas comprar se ampararon en la dispensa de la licitación pública y por la información que circula , mientras no nos demuestren lo contrario, hubo mano corrupta y nos traen a los hondureños gato en vez de liebre. La epidemia mientras tanto avanza asoladora sobre el pueblo. ¿Tendrán la altura la Ministro de Salud y el Presidente impostor para renunciar por su incapacidad?


Los estudiantes seguirán “ambuceando”, ahora con serio peligro de contagiarse con el coronavirus –óiganlo padres de los estudiantes- y los pacientes seguirán expuestos a un enorme riesgo de morir por negligencia de las autoridades de salud, hospitalarias y educativas. Los chicos estudiantes de medicina siéntanse tranquilos, no es culpa de uds. lo que ocurre. Ustedes han sido heroicos, más bien. La fatiga no es controlable pero la incapacidad de quienes han tenido en sus manos la dirección del sistema de salud si son culpables 100 por ciento. No podemos seguir “ambuceando” en tiempos del coronavirus, mientras los militares se arman hasta los dientes en detrimento de nuestra salud, de la libertad y la democracia y ministros y decanos cobran vergonzosamente sus salarios. 


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