Por: Víctor Manuel Ramos

Una destrozadora epidemia, causada por un coronavirus, azota a nuestro planeta. Los cálculos presentan miles de infectados, con una mortalidad sorprendente que nos muestra la agresividad del agente patógeno. La enfermedad se hizo visible en una megapolis china, en donde se propagó, como fuego en pólvora, entre los habitantes de esa urbe, con inmediatos resultados alarmantes que pusieron en alerta al gobierno chino. Inmediatamente las autoridades de ese gigante asiático tomaron medidas radicales y severas para poner freno a la enfermedad, a tal grado de que el brote está prácticamente bajo control en ese país.


Sin embargo el mal se ha propagado rápidamente por casi todo el orbe. En la actualidad, en Europa, Italia y España corren con la peor parte: miles de contagiados y miles de fallecidos. En el Oriente próximo, la peor parte se la ha llevado Irán que lucha con todos sus recursos para evitar el contagio y para preservar las vidas.


En América el panorama es realmente preocupante. Sabemos que en Los Estados Unidos hay alarma justificable por la gran cantidad de personas que han resultado positivas y también por la preocupante mortalidad que ha provocado la enfermedad, considerada por la OMS como una pandemia. Casi todos los países afectados –y los no afectados, en previsión- han tomado medidas severas congruentes con las características de propagación de la enfermedad, para la cual aún no se ha obtenido un medicamente eficaz, ni una vacuna que pare su expansión por todo el planeta.

Esas medidas han consistido en el cierre de las fronteras, la suspensión de viajes aéreos, marítimos y terrestres, el confinamiento de las personas en sus hogares, los cercos epidemiológicos en aquellas zonas de los países y las ciudades con presencia de sospechosos o confirmados de que padecen la enfermedad, acondicionamiento de hospitales y centros sanitarios, hasta llegar –prácticamente- a los Estados de sitio o de excepción.


Estas medidas han contribuido a generar graves problemas en las economías de los países y tremendas dificultades para los pobladores para el curso normal de sus vidas, sobre todo lo relacionado con el abasto de artículos básicos para la alimentación y la higiene, pero fundamentalmente a los recursos monetarios para satisfacer las necesidades que he apuntado antes. No ha faltado –por supuesto- el uso indiscriminado de los medios de información y de las redes para crear un ambiente de terror y miedo que podría venir, como anillo al dedo para muchos gobiernos que tienen deudas sociales y políticas con su pueblo, tal es el caso de Chile, Colombia, Brasil, Honduras y muchos otros más.


No cabe la menor duda de que si la población se entera y toma conciencia del grave peligro que corre la humanidad, hará efectivas las recomendaciones de los médicos y los expertos para evitar el contagio, medidas que se resumen en una fundamental: quedarse en casa y practicar, personalmente y comunitariamente y con rigor, todas las sugerencias de la OMS.


Pero lo que he dicho antes lo saben todos. Tal es por eso que no es la razón de mi artículo. Lo que quiero discutir ahora es la perversidad que ha aflorado en el mundo para enfrentar la crisis sanitaria, perversidad que no ha permitido asumir la hermandad que proclamó Beethoven en su himno a la alegría, de que para ser felices y protegernos: todos debemos ser hermanos. Esto en contraste con la actitud humanitaria de otros Estados y pueblos que tienden, a los más desfavorecidos, la mano hermana.


No ha dejado de ser chocante la arrogancia con que el presidente de Los Estados Unidos ha tratado el tema. Inicialmente el presidente Trump minimizó el problema, pero luego los ciudadanos de ese país se enteraron de que el Estado no estaba preparado para enfrentar los estragos de la pandemia y, a pesar de que se sostiene en varios medios QUE TODO ESTÁ BAJO CONTROL, ahora se sospecha que el gobierno norteamericano esconde las cifras verdaderas de lo que realmente ocurre en ese país en relación con el coronavirus. Preocupa, igualmente, el énfasis con que Trump aborda el problema que tiene dimensión mundial.

Él asume que el virus éste le da la oportunidad para que las economías de los países que él mismo ha convertido en sus enemigos y rivales vayan a la catástrofe, de tal suerte que la nación norteamericana pueda capitalizar esos fracasos para reasumir el liderazgo capitalista del orbe. Se trata, fundamentalmente, de China e Irán, países a los cuales acusa de ser responsables de algo que ha generado la naturaleza o que, si se confirman las sospechas, proviene de la mano aviesa de la CIA y de las fábricas de armas biológicas que, a pesar de la condena de la ONU, se permiten los gringos gobernantes y sus secuaces los israelitas.


Con éste énfasis es que Trump se niega, a pesar de las demandas de muchos países y de la misma ONU, a suspender las sanciones que ha impuesto, de manera ilegal, en contra de China y –principalmente- en contra de Irán, Venezuela, Cuba, Nicaragua y Siria para que esos países puedan acceder a la compra de los medicamentos y de los aparatos médicos para enfrentar con éxito la enfermedad contagiosa. El FMI, presionado por USA, acaba de negar un crédito a Venezuela para poder enfrentar al coronavirus y Los Estados Unidos, con el apoyo del títere Guaidó, tiene embargadas las cuentas de los dineros venezolanos que impiden a ese país, y a esa nación, proveerse libremente, en el mercado internacional, de los insumos necesarios –medicamentos y aparatos- para enfrentar la epidemia.

Si esta actitud norteamericana la analizamos con las leyes internacionales en mano, nos enteraremos de que Los Estados Unidos comete actos graves y que podrían ser juzgados por la Corte Internacional Penal. Trump, incluso, intentó apoderarse de la patente, con carácter de exclusividad para su país, de una vacuna que está en proceso en Alemania. No se si es realmente cierto o manipulación, pero vi en el Facebook tapabocas y frascos de desinfectante con propaganda del gobierno y del partido Nacional.

Si eso es verdad resulta asqueroso. En otras imágenes vi a un grupo de señoras “poporoilas” entregando una bolsa solidaria con mensajes partidistas a una señora, fotografía que contrasta con la otra en que se muestra a la misma señora en su vivienda hecha de palos y cartones. Se dice que los ventiladores comprados en Honduras no son los adecuados y se ha aprobado hacer inversiones para construir 90 hospitales sin someter el proceso a licitación pública: todo esto introduce dudas de si los personeros del Estado están aprovechando la situación para meter sus manos delincuenciales en los dineros del pueblo.


Contrastan con esta mezquindad, los actos solidarios de China: ha enviado dos aviones cargados de medicamentos y set de diagnóstico y de personal médico especializado para apoyar a Italia, a su pueblo, en la superación de la crisis. Otro avión chino aterrizó en España con mascarillas. El mismo gesto ha observado China con Irán. Los rusos han acudido en apoyo de Siria e Irán y también dieron su respaldo a China. Cuba ha aportado médicos a Nicaragua, Venezuela, a los países de El Caribe y también se ha destacado por el gran éxito de su medicamento Interferón que ha resultado eficaz en el tratamiento del Coronavirus. Cuba acogió un crucero que deambulaba por El Caribe, sin que ningún país lo aceptara. Sus pasajeros ya han volado hasta Inglaterra.


Como se ve hay una actitud diferente en las dos caras con que se ve este asunto: la una, en la que el dinero y el dominio capitalista es lo fundamental; la otra en la que la vida es el don supremo que debe conservarse a costa de cualquier sacrificio y con solidaridad franca y no condicionada. No ver esto y padecer de ceguera política y social.


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