Por: Karla Lara


Traigo el verde pintándome los recuerdos, fuimos dos días a esas montañas de Intibucá hasta La Tejera en Río Blanco y luego hasta el Culatón y la Vega del Achotal, una se para realmente porque no logra caminar al paso de las compañeras que van dirigiendo la caminata, hacemos el doble del tiempo que ellas para llegar hasta el punto, pero llegamos, y a cada parada para tomar aire, de verdad que se respira la montaña, agitada una, quieta ella, verde en todos los tonos imaginables del verde, inmensamente grande su horizonte verde, como la esperanza de las Bertas que se multiplicaron 41 meses luego de su ausencia física.

Berta en la palabra y en las acciones decididas de la gente, en la claridad política que las luchas se hacen con los cuerpos que afinan las ideas de la pertenencia, de la memoria ancestral, de las cosas que hay que recordar y las que nos toca desaprender. Ahí entre perritos flacos y chanchos gordos, gallinas culecas, gatos cazadores y patos mansos, una vuelve a sentir, por la forma en que se convive con ellos, que la vida trasciende al ser humano, que hay otros seres que también respiran, el río ruge o canta, los pajaritos traen y llevan alegrías, las nubes se oscurecen en el augurio de lluvia que haga crecer el maíz que se salvó luego que DESA pagara a los Madrid para que machetearan la milpa comunitaria en las tierras recuperadas; la montaña asume silenciosa el papel de resistir al hombre blanco o al indígena colonizado que le puso un precio. Todo lo que ahí vive, habla, dice de ella, de su paso que en la historia del pueblo Lenca marca un antes y después de Berta, que es ahora, ahora que el COPINH es Berta y que Berta sigue siendo en COPINH.

En la Tejera la antena empíricamente alzada de la radio comunitaria “La Voz del Gualcarque” suena canciones que no suenan en las radios comerciales y la gente escucha su propia voz para ganarse el respeto arrebatado porque en esas otras radios racistas, les dijeron indios como sinónimo de brutos, nachas o zorras a las mujeres, como los únicos extremos que el patriarcado hereda a las indígenas. En su radio que cruza montañas, las indígenas lencas como Rosalina y María Santos que son liderezas le cuentan a la gente cómo va la lucha, denuncian las agresiones, conspiran, hablan del silencio que no volverá a ser de ellas, ancestros de sabiduría generosa como don Lucío o Felipe comparten con su voz pausada de un tiempo que fue antes y de un recuerdo que es ahora.

Todo vuelve a ser posible cuando una regresa de caminar en Río Blanco y se ha bañado en las sagradas aguas del Río Gualcarque, debe ser porque una vuelve a sentir como sentía cuando estaba Berta, con prisa, con trasnoche, con el ritmo con el que ella nos invitaba a acompañarla, como lo dijo elegante y hermosa como era ella cuando le dieron ese último premio, el Goldman, “ya no hay tiempo”, y yo quisiera tanto que el tiempo nos la devolviera para que nos desvele y nos apure ella misma, pero deberá ser su recuerdo, el que sigue intacto porque sus hijas y su hijo, el COPINH, su familia extendida que somos el pueblo, seguimos luchando para que se haga justicia, cantamos para ella, escribimos su nombre, dibujamos su rostro, la coloreamos en el cuento de Melissa Cardoza que cuenta su historia, la leemos en el libro que escribió Claudia Korol, la pensamos cuando Victor Fernández cuenta de la causa y el proceso jurídico, la volvemos a sentir cuando vemos a Rosalina que no corresponde la grandeza de su coraje con lo frágil de su figura y nos maravilla de cómo se crece cuando dice, cuando afirma que fue Berta quien le enseñó a espantar el miedo.

Traigo el verde en los recuerdos, el verde del río al que Usted nos hizo llegar Bertita, el del río que corre, el del río que canta, el del río que nos sigue llamando, a 41 meses en los que Usted no ha dejado de estar empezamos a entender que el tiempo, la forma, la distancia tienen dimensiones que seguramente Usted también nos está enseñando a sentir, aunque no sepamos entender


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