Por: Galel Cárdenas 

La dictadura del terror y la muerte ha encontrado en las bombas lacrimógenas el instrumento disuasivo ideal, para ellos, de controlar la protesta social y política que se ha erigido como un canal de expresión del descontento colectivo en contra de un dictador que constituye el sumun de todas las atrocidades que alguien pudiera imaginarse en el entrecruce de la perversión con la enajenación en su estado de mayor descomposición mental posible.

El dictador posee un cerebro destinado hacia el dominio, la agresión, la verticalidad de su mando irracional, está determinado por una personalidad que miente repetitivamente, alucina con frecuencia, manipula todo cuanto puede en derredor de su mando irrestricto, simula circunstancias favorables a su personalidad siempre en estado de desconfianza, ejerce el poder de manera despiadada y no padece de sentimientos de nobleza, la paranoia que padece lo conduce a creer que alguien atentará contra su vida, dispone de un mando supremo sin discusiones y necesita todo un aparato de gente de confianza sin perspectivas de traición, aunado al aparato de represión para controlar la masa, la ciudadanía y los rivales que se anteponen a su voz de mando.

Juan Orlando Hernández responde perfectamente al patrón de los dictadores más represivos del mundo, en el fondo, son sus modelos de mando autoritario. 

Es por ello que en su pensamiento de la tiranía invencible y continua por el tiempo que su anhelo de mando le dicta, piensa en períodos inacabables de ejercicio presidencial, tomando este último término, de su verbo primario “presidir”.

Fue el fascismo y las preparaciones psicológicas de la doctrina de la seguridad nacional quienes inventaron los psicólogos del Departamento de Estado y de la CIA norteamericanos para dominar pueblos en estado de descontento e insurrección, y para lograr tales objetivos crearon la ficción de  un enemigo poderoso que atentaba contra el capitalismo primario, contra la plusvalía al costo de la sangre derramada para su obtención feliz, así que produjeron un espanto psicológico de masas, el comunismo que come niños, arrebata hijos a los padres, y quita los bienes a los mayores propietarios de fortunas sustanciales de la tierra. 

Entonces, inocularon en las mentes de las fuerzas represivas que el comunismo era el enemigo primordial de la sociedad libre capitalista y hegemónica.

Es por ello que en Latinoamérica subieron al poder mediante golpes de Estado, verdaderos asesinos en serie que ponían como objetivo acabar con los comunistas depredadores de los bienes de la humanidad capitalista. Por ello fueron sanguinarios como el dictador Videla o Pinochet que asesinaron decenas de miles de luchadores populares pertenecientes a los movimientos sociales rei vindicadores de los derechos humanos de sus pueblos.

Así surgió Juan Orlando Hernández quien en su ambición desmedida de poder esquizofrénico planificó su dictadura desde cuando ingresó como un simpe empleado del Congreso Nacional, a la sazón dirigida por el Partido Tradicional más conservador y represor del cual haya tenido noticia el pueblo hondureño.

Su educación militarista de patología enfermiza por el poder omnímodo lo construyó paso a paso, hasta llegar a convertirse en Presidente-déspota y autócrata de un pueblo que ha luchado históricamente por su propia liberación de los explotadores y represores que ha producido el país en manos de la oligarquía apátrida dependiente del imperio norteamericano. 

Juan Orlando Hernández con su capacidad manipuladora se fue introduciendo en todos los negocios posibles para cosechar una riqueza sin límites a fin de comprar todo lo que fuese necesario de las voluntades humanas en derredor. Saqueó toda institución sin el menor rubor posible, destruyó la república comprando diputados, ministros, magistrados, jueces, militares, líderes políticos, y se convirtió en un emperador con rostro de presidente y máscara de demócrata.

Satisfizo los intereses imperiales geopolíticos y entregó todo territorio soberano del país, porque él dejó de ser hondureño, para convertirse en el mejor lacayo sirviente, criado y doméstico de los gobiernos norteamericanos y sus generales procónsules en suelo nacional. 

Desmontó el Estado Liberal beneficiario y siguiendo las recetas de sus antecesores (Callejas, Maduro y Lobo Sosa) construyó el neoliberalismo más rastrero que su conciencia de mercader asqueroso haya concebido y así mismo descapitalizó todo aquello del Estado que constituyera un beneficio popular, creó una nueva élite inversionista nacional a costa de los privilegios que encontró en las leyes pro capitalistas que posee la nación,  de este modo privatizó todos los servicios públicos constitucionalmente protectores de la ciudadanía hondureña, con base en la asociación ilícita de sociedades mancomunadas con su familia y sus testaferros.

Con el fin de protegerse perseculorum invirtió cantidades estratosféricas de dinero en el aparato militar y de inteligencia de las fuerzas armadas y fundó su propia policía, modernizó cuanto ha querido el más grande ejército que se haya imaginado el pueblo hondureño. 

Dictó las leyes en contra de toda conquista social, demolió la naturaleza de la mano de obra del operario humilde y sencillo, demeritó el profesionalismo universitario con sueldos degradantes. La salud y la educación fueron sectores que se tiraron al bote de la basura de su gobierno completamente deshumanizado.

No ha habido nada que signifique un negocio lucrativo del territorio nacional o de los espacios que ofrece el Estado que no haya sido puesto en situación de compra venta al mejor postor. 

Los ciudadanos comunes son simplemente números, seres sin alma, ciudadanos de tercera y cuarta categoría en el rango de las calificaciones de los derechos de la humanidad. 

En resumen, ha montado y construido la dictadora total. 

Para sostenerse no tiene otro remedio que usar la fuerza bruta y depredadora, la persecución y el encarcelamiento, en fin, la tropa infernal en contra del pueblo que no resiste más su dictadura oprobiosa. 

Y para tales fines, ha convertido las bombas lacrimógenas como el arma disuasiva del combate a la protesta social, que en todos los terrenos se manifiesta cotidianamente en los rincones del país, en ciudades, pueblos de los departamentos, aldeas y áreas rurales, hasta donde ha llegado su brazo pavoroso de entrega de los bienes naturales de las comunidades rurales originarias de las etnias precolombinas.

Ha gastado en bombas lacrimógenas cantidades ultra millonarias para disuadir todo cuanto muestre inconformidad, descontento, enfado y fastidio colectivo en cada rincón de la patria sometida.

La dictadura está empecinada en someter no solo la voluntad política del pueblo, si no sus temores, sus miedos, sus aprehensiones, y por eso, ha estructurado un plan de sumisión psicológica, de tal manera que la policía militar, la policía civil, el ejército y los escuadrones de inteligencia y de la muerte, son ahora sus tentáculos para aterrorizar a los ciudadanos comunes que luchan contra su tiranía cruel, sangrienta y feroz en cada ciudad, en cada esquina donde haya un ser humano en estado de manifestación rebelde contra todo signo de tiranía absoluta. 

El país está envuelto en el humo de las bombas lacrimógenas, en la nube de la irritación tóxica, en la niebla del paro respiratorio, es decir, del sadismo tenebroso de la agonía ante la dificultad de respirar el aire benigno de la vida.

La barbarie de la violencia policial, militar, aunado a la algarabía que el poder mediático y los periodistas mercenarios van enarbolando como banderas de victoria contra un pueblo que lucha por sobrevivir a la tortura inmisericorde de un dictador que ha copado los niveles más altos de perversión humana, sólo sostenido por verdaderos asesinos, fratricidas y verdugos de la ciudadanía que pese a tales desmanes virulentos, prosigue en su meta final aupando el combate callejero, cuadra por cuadra, esquina por esquina, recodo por recodo, gritando con los pulmones más henchidos, FUERA JOH…


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